viernes, junio 15, 2007

El arte de la negociación

El arte de la negociación

Lo importante es no empezar a discutir otras materias usando como pretexto un debate acotado con un propósito específico. Tanta pasión no la obtiene nunca una discusión que requiere urgencia.

Víctor Maldonado


Primeras partes casi siempre son buenas

La manera cómo se llega a acuerdos parlamentarios y con quiénes se logra no es algo obvio para nadie. De hecho, el modo en que se conduce una negociación política siempre ha resultado un tema crucial para obtener resultados.

Si esto reviste importancia en cualquier circunstancia, se entenderá lo relevante que resulta cuando lo que está en juego es el Plan Transantiago y, detrás suyo, todo lo demás.

Por cierto, los pasos a dar no son obvios, porque se encuentran a disposición variantes que pueden llegar a tener sensibles diferencias.

Durante la primera parte de esta negociación -tensa, larga y difícil-, el Gobierno se concentró en conseguir el ordenamiento de la Concertación en la Cámara de Diputados. Los entretelones de las gestiones que llevaron a una votación cerrada del oficialismo se pueden ver en cualquier medio de comunicación, puesto que la costumbre de mantener aspectos en reserva sobre lo que se conversa o negocia parece estar entrando en desuso.

De la etapa inicial de este proceso parlamentario, se pueden sacar muchas lecciones de importancia.

Antes que todo porque se evaluó con acierto el margen de maniobra del que se disponía en esta rama legislativa. Como se sabe, la Concertación tiene una mayoría significativa en la Cámara. Se puede ganar, incluso con un margen de disidencia pequeña, si se es capaz de mantener unido al oficialismo.

Siendo así, es posible apelar a la identidad común, a los compromisos compartidos y a marcar diferencia con los opositores. De allí que el tema más importante en esta fase llegaron a ser las efectivas compensaciones que obtendrían las regiones a cambio del financiamiento pedido para el sistema de transporte público de la capital. Es decir, puesto que no está en cuestión el fondo, el acento se puso en una especie de equidad de beneficios para todos.

Por supuesto, de una demostración de unidad concertacionista sólo se podían esperar cosas positivas.

Además, en un tema tan determinante para la gestión de la Presidenta Michelle Bachelet en su conjunto, todo el mundo tiene derecho a saber a qué atenerse respecto de que se puede esperar de un parlamentario cuando lo elige.

Por cierto, una coalición debe garantizar que se puede comportar como tal, en particular en los momentos críticos. Y lo que estaba en cuestión era precisamente eso.

La flexibilidad como norma

Queda mucho por evaluar con posterioridad. No cabe duda de que lo que presenciamos fue un ejercicio colectivo de convencimiento mutuo. Al menos tal parece que fue lo más frecuente. Aquí no importan sólo los resultados, sino los procedimientos.

Lo cierto es que se necesita de una disciplina que sea tal y no mero comercio. La lealtad vía romper el “chanchito” tiene poco de lealtad y mucho de “chanchito”. Por eso un procedimiento de estas características nunca debe ser la norma.

En la Concertación se pueden tener diferencias de opinión. De hecho, a nadie se le ocurriría establecer conglomerados mayoritarios si no existieran discrepancias que procesar. De eso se ha tratado siempre: de confluir desde las diferencias.

Pero en lo que se debe ser estricto es que las diferencias se mantengan a nivel de las opiniones o pareceres y no respecto del tipo de comportamiento considerado como aceptable. Sobre esta base, todo lo demás se puede construir.

Ahora el oficialismo tiene una de sus pruebas más duras, especialmente después de que se ha tenido éxito en la fase inaugural de su cometido. Y es que no puede hacer de una negociación una cuestión de principios. No puede cambiar la naturaleza de su intento ni buscar otros objetivos, por importantes que le parezcan, con motivo del financiamiento del Transantiago.

Lo que se está buscando es el acuerdo para un financiamiento indispensable en una iniciativa gubernamental altamente polémica. Punto. No da como para combinarlo con ninguna otra cosa. Ahora es cuando se necesita de una mayor flexibilidad. Porque la negociación sigue en el Senado. Y así como se diagnosticó certeramente la situación en la Cámara, se debe evaluar que de los senadores la diferencia entre las coaliciones es mínima. Tanto, que cualquier diferencia de opinión en el oficialismo puede dar por el suelo con una iniciativa que no puede fracasar.

En el Senado se han de buscar todos los apoyos posibles. Sin límites establecidos con antelación. Porque en el nuevo escenario se está demasiado al límite como para considerarse autosuficientes.

Tan efectivo es que cada decisión individual cuenta, que dos senadores como Eduardo Frei y Carlos Ominami, con experiencia de sobra y capacidad reconocida, han hecho una proposición inicial de tan amplio alcance que obligaría a una revisión de fondo de los acuerdos ya aprobados.

Por cierto, lo que más importa en este caso es que varios otros, por las más diversas razones, pueden verse tentados a plantear sus propios y particulares puntos de vista, con lo que se llegaría a una situación cada vez más difícil de manejar.

Y lo que parece de interés general para las dos coaliciones políticas es no ponerse en una situación que terminen por servir, sin proponérselo, a unos pocos audaces que pescan en el río revuelto.

Por lo mismo, el Gobierno tiene la obligación de negociar en dos frentes simultáneos. Hacia el interior de la Concertación y con la Alianza.

La flexibilidad de unos y otros será muy significativa a la hora de resolver y será bien determinante.

La estrategia ambidiestra

La Moneda no le ha cerrado las puertas a nadie. A la derecha le conviene hacerse parte de la solución. Quedarse atrapada como parte del problema no tiene nada de atractivo. Por eso redujo sabiamente su petitorio al Gobierno.

Puede que resulte o puede que no. En pocas ocasiones se había tenido con anterioridad la sensación de que lo que termine por ocurrir se definirá en el último momento.

Que un acuerdo amplio se logre o que se apruebe por un margen mínimo tiene al final menos importancia que el que se haya negociado bien, implementando una sola estrategia en que todos los representantes de Gobierno colaboraron desde su función más propia.

Aunque signifique más trabajo, hay que partir de la base de que cualquier proyecto puede ser enriquecido, que un debate puede dar lugar a iniciativas posteriores en los que se traten temas de fondo, que la transparencia de las acciones del Ejecutivo puede tener mayores exigencias, etc.

Lo importante es no empezar a discutir otras materias usando como pretexto un debate acotado con un propósito específico. Tanta pasión y dedicación no la obtiene nunca por sí sola una discusión que requiere urgencia.

Lentamente, la expresión de las distintas personalidades está reemplazando a la presentación de argumentos. Las diferencias de influencia y los protagonismos están ganando terreno. Sin duda, la proyección de figuras políticas de primer nivel está concitando la atención de todos y está influyendo en la toma de posiciones. Razón de más para pasar directamente a esos temas, llamándolos por su nombre y compitiendo como se corresponde.

Mientras, el Transantiago tiene que funcionar. No existe una alternativa disponible y el tiempo se agota. No hay para qué jugar con la paciencia de los ciudadanos.