domingo, enero 08, 2012

Derrota estratégica, esperanza electoral

Derrota estratégica, esperanza electoral

Víctor Maldonado R.

Las encuestas de final de año dan un cuadro revelador de lo que puede ser el inicio del período electoral en la administración Piñera. Lo que pretendió ser un gobierno fundacional termina siendo un gobierno que lucha por tener opciones electorales en los comicios electorales que se inician el 2012 y terminan en las parlamentarias y en las presidenciales.

En otras palabras, la conducción de Piñera ha sido un fracaso político, un fiasco como administración y un retroceso respecto al fortalecimiento y prestigio de nuestras instituciones democráticas.

Las buenas noticias respecto a una ampliación de libertad, equidad, respeto del pluralismo y regeneración de liderazgos han venido de los movimientos sociales. Hay también en ciernes una reacción política de adaptación a los mayores cambios sociales acumulados en muchos años; pero estos solo serán visibles luego que se realicen las elecciones primarias y luego municipales.

Hay una demanda social por renovación política y un firme convencimiento mayoritario de que la derecha resultó ser una vía errada para conseguirlo.

Es un poco cansador constatar que, cada vez que las encuestas muestran un deterioro en el famélico prestigio presidencial y una evaluación ampliamente negativa de la actuación del ejecutivo, siempre se recurre al mito de la próxima recuperación. “Ahora sí la ciudadanía tendrá que entender que estamos gobernando bien”, parecieran decir ministros y dirigentes de derecha.

En el colmo de la desubicación, el diputado gremialista Iván Moreira las ha emprendido contra todo el país denunciando "la evaluación más injusta de una sociedad que evalúa con parámetros mezquinos y cortoplacistas". En otras palabras, no es que el gobierno cometa errores: es que el país tiene un juicio erróneo e injusto. Somos unos desagradecidos que no alcanzan a comprender el bien que le hacen sus benefactores.

Nada nuevo bajo el sol, ya escuchamos eso luego de la derrota de Pinochet. Es el lenguaje del autoritario vencido en democracia. La derecha no aprende: se ofusca. No esperaba críticas, quería cosechar aplausos. Partió con un presidente que, a país que iba le endilgaba las recetas que debían seguir para ser exitoso como él lo sería; ahora está al fondo de la tabla de posiciones presidenciales y se protege en el prestigio de Chile en vez de acrecentarlo con sus méritos.

En un panorama tan frustrante, no todo es malo para el oficialismo. La derecha ha tenido una derrota estratégica, pero quiere resarcirse con una victoria electoral. Ha fracasado en ser un aporte novedoso, original y reconocido en lo que se relaciona con el desarrollo del país. Pero eso no significa que no pueda ocupar las herramientas y recursos que tiene en su haber para intentar quedarse en el poder.

Para lograrlo necesita concentrarse en su electorado, hacer girar la gestión de su gobierno en la entrega de beneficios palpables por la mayoría, y, promover que sus adversarios cometan errores no forzados o, finalmente, no logren unirse en su contra.

Hay muchas formas de leer las encuestas. Una obvia es detener la mirada en lo que le importa a la mayoría. En este caso, está claro que hay problemas de primera prioridad para el ciudadano común: delincuencia, educación y salud. Sin logros en estos aspectos, la derecha no tiene posibilidad de continuidad en el poder.

Y lo cierto es que estas son áreas de desempeño mediocre. En seguridad los resultados son tan malos, que el objetivo diario del ministerio del Interior parece ser el buscar trasferir la responsabilidad hacia otros actores; Educación ha tenido tres ministros en un año y no pudo con el movimiento estudiantil; Salud se encuentra entre los peor evaluados siempre.

Por cierto hay un camino que la derecha puede seguir: en Interior, cambiar un escudero que atrae los ataques y que busca generar conflictos para mantenerse en su puesto, por un auténtico jefe de gabinete. En Educación, se avanzaría bastante con un Presidente que avale a su ministro en vez de quitarle en piso en el momento menos indicado. En Salud ya es hora de que los compromisos se cumplan en vez de que se adeuden; hay que centrarse en las atenciones antes que en las explicaciones.

Suponiendo que todo ello se consiguiera, el gobierno de Piñera tendrá que comprender que este no es un país que pueda administrar en base a la entrega de canastas. Ocurre que se despertó el deseo de participar. Que mucha gente se moviliza por el respeto de su dignidad y de un país más justo. Es un país que respalda las demandas de los estudiantes aunque no siempre sus métodos de movilización. Resulta que el binominal y su cambio sí importa.

Es decir que la derecha no puede ganar si insiste en tratar a los chilenos y chilenas como menores de edad y no como adultos responsables. Es más, tal vez el dato más interesante de la encuesta CEP es el develar que este es un país en que los ciudadanos tienen tres actitudes predominantes: preocupación, enojo e indignación. Lo que prima no es el miedo, el temor o el susto por lo que viene. Los ciudadanos no sienten que el futuro les traiga desafíos que no puedan superar. No creen que hoy la mayoría mande, pero saben que sin ellos no se puede gobernar de verdad. Sinceramente, no creo que la derecha llegue a comprender a cabalidad el profundo significado de tamaño cambio ciudadano.

En fin, tal vez si la esperanza mayor de la derecha sea la aparente debilidad de la oposición. Para ser sinceros, la duda sobre la capacidad de la oposición de hacerse cargo de los cambios sociales producidos es compartido por una mayoría.

Pero yo no entraría tan rápido en la desesperanza generalizada. Tal vez esa capacidad de reacción, tan esperada, se esté gestando ahora mismo.

Estimo que la mayor crítica que el ciudadano hace a la centroizquierda no es algo que hizo en sus gobiernos, sino la exasperación que produce en que parezca que no puede derrotar a la derecha. Está en contra de quienes parecen no poder ganar, logrando ser un contrapeso efectivo a la arrogancia hecho forma de gobernar. Lo que se critico no es lo que los de la Concertación tienen de políticos sino lo que tienen de débiles.

Pero esto tiene una solución obvia. Estamos a punto de un proceso inédito de generación de liderazgos legitimados en elecciones sucesivas: primarias partidarias, primarias de Concertación, elección municipal propiamente tal. Va a haber participación y triunfos. Va a mostrarse la capacidad de unirse para ganar. Se premiará el logro de alcanzar una oposición unida, se castigará la dispersión por inconducente.

¿Demasiado optimismo? Tal vez, pero antes de descartar la posibilidad sería recomendable esperar a ver lo que suceda en pocas semanas con el proceso de elecciones primarias. Obsérvelo. Quizá cambie de opinión.

domingo, diciembre 11, 2011

Del malestar ciudadano a la decisión ciudadana

Del malestar ciudadano a la decisión ciudadana

Víctor Maldonado R.

En el Gobierno están contentos. Estiman que les ha ido bien en las encuestas y, sobre todo, que la tendencia es al alza; de este modo, ellos tienen casi la certeza, que entrarán a un año electoral en mejores condiciones que las actuales para competir. En pocas palabras, están convencidos que han pasado los tiempos de las vacas flacas.

Tal vez la derecha exagera un poco al recuperar su conocida actitud arrogante ante cambios mínimos en los sondeos de opinión, pero en lo que no andan descaminados los líderes oficialistas es en percibir que el cuadro político está cambiando; sí están equivocados en pensar que los cambios sólo se relacionan con lo que a ellos los afecta. Lo que estamos experimentando son cambios muy generales, valdría la pena que dedicáramos unos minutos a reflexionar sobre ello.

Lo primero que podemos constatar es el agotamiento del envión inicial de manifestaciones y protestas. El 2011 fue un año de amplia movilización ciudadana contra los detentores del poder, del tipo que sea, en los distintos ámbitos. La nota común ha sido la desconfianza en los poderosos y el reconocimiento del ciudadano común como un actor presente, opinante e influyente.

Algunos se apresuraron en anunciar con trompetas la llegada de nuevos tiempos y el fin del modelo vigente por la crisis de representatividad que se evidenciaba, y, en realidad pudo ser. No dispongo de más pruebas que mi convicción, pero tengo el convencimiento que, bien conducidos y con un programa claro de acciones, existió un período corto en el que se pudo cambiar las reglas del juego político. La convocatoria a un plebiscito ciudadano sí era posible, no habría sido vinculante pero hubiera sido contundente.

Pero lo que se necesitaba para que este algo tan sin precedentes se concretara era la presencia de un liderazgo extraordinario y ese, sin duda, estuvo ausente. Esta ha sido la otra cara de la medalla. Este fue un movimiento encabezado por voceros no por conductores, dotados de demandas, no de programas, capaz de manifestaciones más que de concreciones.

Casi no era posible que fuera de otro modo, casi. Los que desconfían de quienes han acumulado poder en el pasado, también desconfían de los que pueden acumular en el presente. Por eso las posibilidades de un cambio político perdurable se ahogan en las turbulentas olas de las asambleas sin fin.

Lo segundo, y esto es igualmente importante, se ha agotado la manifestación de una demanda, no la demanda misma. Hasta la demanda por algo nuevo puede hacerse vieja, hasta las demostraciones espontáneas de creatividad pueden hacerse rutinarias, y eso es lo que ocurrió.

De modo que a la bipolar derecha hay que decirle lo siguiente:

- Es cierto que ha pasado el peor momento, pero sólo porque el peor momento ha sido extraordinariamente bajo. Pasar de ser el presidente peor evaluado de América Latina al penúltimo lugar no es motivo de satisfacción profunda.

- El Gobierno se puede recuperar, sin embargo, lo más probable es que llegue a una medianía sin gusto a nada. Al Gobierno no le ha ido mal producto de un contexto adverso, sino de una administración inepta, es decir que la fuente de sus males tiende a reproducir las dificultades una y otra vez.

- El objetivo real es prepararse para un buen desembarco de La Moneda como el escenario más realista. Este ha sido un intento fallido de entregar un buen gobierno al país, y los errores se pagan.

- Por eso, se puede reconocer que el comportamiento real de la Alianza en el poder (desde el discurso duro hasta el despido de funcionarios identificados con la oposición) es la reconquista del voto duro de la derecha, que en Chile no es poco. Es lo que permite mantener la presencia parlamentaria que sigue siendo “la especialidad de la casa”.

El cambio de comportamiento colectivo ya se ha verificado en Chile. Sus manifestaciones pueden cambiar, pero no hay vuelta atrás. Lo que parece permear la conciencia de muchos es que las manifestaciones, las protestas y las marchas no bastan.

Simplemente la política no se puede soslayar. Las prioridades y demandas ciudadanas han de expresarse en los programas políticos, en las leyes, en las políticas públicas, en los medios de comunicación, etc.; y por cierto, debe manifestarse en el voto ciudadano.

Por eso, lo que está pasando es que está disminuyendo el número de indecisos y de espectadores. Lo que está aumentando es el número de quienes toman opción, se definen ante las alternativas existentes y están dispuestos a conseguir cambios perceptibles en la situación actual.

Todo esto no son buenas noticias para la derecha. Lo que se viene en un primer momento es una concurrencia mayor a las urnas de lo que estamos acostumbrados. La aprobación de la inscripción automática tendrá un impacto rotundo.

Los parlamentarios falangistas, que han mostrado su preocupación por el efecto que tendrá en definitiva el voto voluntario, tienen toda la razón. Pero no la tendrán en un primer momento. Todavía la inercia es muy importante y, sobre todo, está claro que una mayoría quiere manifestar su opinión activamente. Por eso van a concurrir a las urnas.

La participación ciudadana ratificará que la derecha es una minoría. Una minoría importante pero no otra cosa. Eso hará que se enfrente la elección presidencial y parlamentaria con nuevos ojos. Por eso, bien podemos estar pasando del malestar ciudadano a la decisión ciudadana, amplia y mayoritaria, expresada en las urnas.

miércoles, noviembre 30, 2011

¡Cuidado que se escapa!

¡Cuidado que se escapa!

Víctor Maldonado

Cuando un gobierno quiere cambiar el país tiene estrategia, cuando quiere sobrevivir únicamente tiene tácticas. Y la principal táctica de un gobierno débil consiste en lograr que el centro de atención deje de ser su falta de fuerza y energía, dirigiéndose hacia cualquier otra cosa.

Eso es lo que está aconteciendo en estos mismos instantes. El problema real del país es que el gobierno no ofrece seguridad ni garantiza el orden público. A cambio de tener que enfrentar este espinoso asunto, lo que tenemos es un debate artificial, promovido activamente desde el ministerio del Interior, con la fiscalización nacional.

Siempre hay que recordar que la atención ciudadana no es infinita. Puede concentrarse en pocos temas. Cuando la agenda se llena de una polémica falsa, artificial o secundaria, lo que llena el campo de visión de la ciudadanía es un distractor que no deja ver lo fundamental debido a la cortina de humo.

Demás está decir que un gobierno es tan mediocre como necesidad tenga de implementar este tipo de recursos, que son los propios del desesperado que se enfrenta a una situación que lo supera.

Hasta la mejor administración puede pasar por un mal momento, y bien puede que sea fácil mencionar siempre el caso del uso poco elegante de una maniobra distractora como las mencionadas en cualquiera de los gobiernos pasados. Pero, hasta ahora, lo que habíamos presenciado eran situaciones excepcionales, no algo que tuviera las características de un hábito adquirido. Esta es la demostración más palpable del ostensible deterioro político de la administración Piñera.

Lo que evidencia lo distorsionado de la coyuntura política actual es que nos encontramos con un Presidente de la República protegiendo a un ministro, cuando lo usual que suceda es justamente al revés.

Si un mandatario se ve en la obligación de mantener a una persona de su confianza porque carece de otras de igual condición, entonces algo muy fundamental está fallando.

Los ayudantes que tienden a hundir al presunto ayudado nos dicen mucho de este último. Son pocos los que se dejan arrastrar a una situación tan descabellada.

Llenar el tiempo con discusiones inconducentes es una manera de confesar que no se va para ningún lado. En el caso que comentamos, el largo cultivo de una polémica innecesaria significa que el gobierno ya terminó (en lo fundamental) y que, lo que ahora sigue es una larga espera hasta su reemplazo. Lo que se intenta es que los problemas que se han vuelto sin solución no lleguen a ser tan evidentes que dejen al oficialismo en una incómoda evidencia.

En el fondo, el problema es que al Ejecutivo no tiene una orientación central y eso termina por desconcertar a la oposición, pero también desorienta al propio oficialismo.

Como faltan propósitos que unifiquen la acción de todos, en cierto modo hay permiso para que cada cual se dedique a sus intereses político partidarios. De este modo hemos llegado a la insólita figura de un subsecretario (del Interior para variar) involucrado en reuniones para oponerse al presidente de su partido.

Por supuesto es tan cierto que ninguna persona pierde sus preferencias partidarias por estar en La Moneda, como lo es que no puede involucrar su investidura con los conflictos internos de su tienda política. Es un asunto de mínima sensatez y casi de condición de entrada para ejercer un cargo de primera línea política en el Ejecutivo y de permanecer en él.

Lo peor es que Carlos Larraín, el presidente de RN, tiene toda la razón al decir que no hubiera pasado lo mismo con el presidente de la UDI, el poco rato estaríamos hablando de un ex subsecretario. Con semejante desorden, desigualdad de trato y licencias para establecer agendas personales es muy difícil que el gobierno concite respeto entre sus adherentes, promueva la lealtad con el Presidente y amplíe la confianza en un liderazgo.

La falta de unidad de mando en el Ejecutivo es una mala noticia para todos. Si nadie tiene el timón del barco, menos va a preocuparse de lo que hace la tripulación. Al entrar en un período electoral esta situación resulta explosiva y peligrosa.

Cuando se toque el clarín con la llamada partidaria, habrá muchos en el gobierno que reconozcan filas, pero no se sabe muy bien quién va a poner los límites.

El predominio de los intereses inmediatos se ha hecho evidente en la Alianza pero, más que actuar en forma mezquina, lo que denota es que se está actuando en defensa propia. Apegándose estrictamente a la verdad, hay que decir que, tanto RN como la UDI, le han dado oportunidades de sobre a Piñera para que ordene su propia casa. No lo hizo. Ya nadie cree que pueda hacer. Lo que más puede lograr es salir “del fondo de la tabla de posiciones” para terminar en una deslucida medianía, sin mucho gusto a nada.

Después del fracaso de Piñera como conductor de su coalición, persistir en pedirle peras al olmo sería una actitud suicida. Mucho más confían los líderes de los partidos de derecha en su propio juicio, que en el de su presunto conductor. Saben que han fracasado en el gobierno, pero que ello no es, necesariamente un fracaso en las urnas. O, más bien, en los resultados parlamentarios que se consiguen en un sistema binominal que les ha sido siempre tan generoso en los malos momentos.

Por eso creo que en el futuro nos encontraremos con tres conductas de la derecha política: van a privilegiar las acciones con efecto electoral; van a competir sin miramiento entre ellos, pero con orden; y no van a alterar las reglas del juego que los favorecen.

Mientras, el ministro del Interior seguirá envistiendo molinos de viento.

miércoles, noviembre 23, 2011

Acuerdos con un gobierno débil

Víctor Maldonado

Sin duda estamos ante un gobierno débil, con una también débil voluntad de llegar a acuerdos. Pero no podemos dejar de intentar alcanzar consensos posibles por razones que trascienden el juego de intereses inmediatos.

Una de las razones más importantes para seguir buscando entendimientos factibles es no poner nuestras instituciones democráticas en peligro. No más de lo que ya se encuentran.

No será gratuito para el país que este gobierno estuviera llamado a dar respuesta a la realización de importantes reformas, y que haya fracasado en toda la línea. Lo que no se resuelva ahora pasará –con demora y agravamiento- a la administración siguiente, la que tendrá que vérselas con una pesada sobrecarga de demandas mal contenidas y peor procesadas.

Piñera va a dejar como herencia un vacío de conducción política y una cuenta impaga de demandas sociales no atendidas. El saldo neto le habrá hecho un daño importante a la democracia chilena.

Hay que hacer todo lo posible para que los principales temas en debate empiecen a ser tratados desde ya, porque los gobiernos son cortos y hay que partir bien para tener posibilidades de terminar bien. Al menos no hay mentirle a los demás y a uno mismo, convenciéndose –sin razón- de que se tienen todas las respuestas desde el inicio, cuando lo que se tiene es un pendrive vacio de ideas y de contenidos.

Pero tal vez la razón más importante para seguir intentando el camino de los acuerdos es que hay que saber enfrentar la tentación del maximalismo, hoy tan en boga. No se supera la ineptitud de un gobierno de derecha con propuestas del tipo “o todo o nada”.

La democracia no es maximalista, porque el predominio total de unos ante otros, solo se consigue por la imposición y el sometimiento. Sobre esa base es imposible la convivencia pacífica.

En democracia la mayoría tiene el derecho y la posibilidad de fijar el rumbo que el país adopte, pero respetando los derechos de los demás. Conseguirlo requiere del mayor temple y de una visión política amplia por parte de los principales líderes. Un demócrata tendrá siempre en cuenta el efecto de sus actos, y por eso se concentra en lograr lo prioritario, pudiendo ceder en lo que es secundario.

Como dijimos, el juego del maximalista es el de todo o nada. En Chile sabemos por experiencia que los más radicales suelen trabajar finalmente para sus opuestos. En esto no hay misterios. Los intransigentes consiguen, en conjunto, en tres años de polarización que se pase a dieciséis años de dictadura. Los que piensan en ir rápido deciden sobre la velocidad con que se llega, pero no la estación de destino.

Chile ha logrado mucho mediante avances graduales, pero persistentes y en una dirección sostenida. El efecto acumulado ha transformado profundamente al país. El hecho de que no nos demos por satisfechos con los logros alcanzados y que aspiremos a mayores grados de equidad y de participación, no es una señal de fracaso. Al revés. Debiera movilizarnos a persistir en el uso de los procedimientos propios de una democracia con probada capacidad de reacción.

Lo que no se consiga como acuerdo, permanecerá como proyecto. Por eso, nadie pierde el tiempo organizando la demanda social y traduciéndola en proyectos nacionales alcanzables.

Las demandas estudiantiles no son utópicas: son de gran envergadura, lo que no es lo mismo. Nada que sobrepase a la nación, pero que le demandará una gran cantidad de tiempo y una dedicación colectiva extraordinaria.

En este punto, una nota de realismo es necesaria. El gobierno es un mal socio para los acuerdos por tres motivos: porque está famélico de apoyo popular, por lo que cualquier alza minúscula en las encuestas la celebra como maná caído del cielo; porque tiene como meta volver a conectar con su votante duro, y a este último le puede gustar más las demostraciones de fuerza que dialogar; y, porque no sabe lo que quiere, está siempre abierto a todo. Debido a esto último concreta poco o nada por la multiplicidad de interlocutores que ofrece, cada uno con sus propias iniciativas y poco respaldo.

Aquí es donde el oficialismo sufre de una distorsión que tiene muchas consecuencias: le atribuye una mala fe congénita a los opositores. Los parlamentarios oficialistas suelen decir que la oposición no llegará a un acuerdo “grande” porque lo que le interesa es dejar sus principales reivindicaciones como banderas de lucha futura.

En realidad bien puede que ocurra al revés. A la oposición le interesa llegar al máximo de acuerdos desde ya, puesto que el inicio de la implementación de soluciones es siempre lento, y en todo lo demás no le queda más alternativa que dejarlo para después.

Pero es el gobierno el que decide cuánto acepta y cuánto cede. El hecho que se aproxime la negociación tan a la defensiva muestra mucho acerca de su debilidad. Con todo, los errores de los contrincantes no se convierten automáticamente en aciertos propios. Jugarse por conseguir acuerdos posibles requiere de cierto coraje.

La intransigencia es de fácil defensa en asambleas, pero es estéril en frutos. Un actor social puede mantenerse en la defensa acérrima de sus demandas. La dirigencia política no puede hacer lo mismo. Tiene que hacerse cargo de las consecuencias de no conseguir nada por quererlo todo.

Los parlamentarios de la oposición tienen que justificar ahora el por qué son autoridades políticas representativas. Si no se consiguen mejoras, aunque sean parciales, a las mayores movilizaciones de nuestra historia a favor de la educación pública, le seguirá el 2012 el año de la mayor crisis del sistema de educación pública y de un fortalecimiento de la educación privada y pagada. Hay que evitarlo. Sería un contrasentido demasiado grande. Las demandas importan y mucho, pero los resultados también.

miércoles, noviembre 02, 2011

La estrategia de un gobierno que fracasa

La estrategia de un gobierno que fracasa

Víctor Maldonado

¿Qué le queda por hacer a un gobierno que ya no pudo cumplir con los objetivos que se propuso? La respuesta es muy sencilla y tiene muchos efectos prácticos: lo que hará es cambiar de objetivos. Reorientar el rumbo hacia metas alcanzables.

Lo que ha perdido la derecha en el año y medio que lleva en el poder es mucho: se presentó como la solución a todos los problemas que la Concertación tenía pendientes, y ya sabe que ha creado más problemas que los que ha podido solucionar. Perdió su aspiración a darle un carácter refundacional a su primera (y tal vez única) administración, patentando la capacidad de innovar como su sello distintivo.

Por el contrario, lo mejor que está dejando la Alianza tiene que ver con la continuidad de lo que había y poco más. Perdió, también, la autoimagen como sector que sabría interpretar mejor al Chile actual, con sus transformaciones.
Los dirigentes oficialistas tienen plena conciencia de estar enfrentando a una mayoría ciudadana que la repudia en sus proyectos más propios y representativos.

Más que nada la derecha ha perdido sus ilusiones. No es mejor, no es más moderna, gobierna con ineptitud y rompe record de desafecto ciudadano y desconfianza pública. Fue mejor oposición de lo que han sido como gobierno y todo indica que volverá a su lugar de origen.

Frente a todo ello, puede pensarse que la Alianza ha perdido el rumbo y que no sabe hacia dónde dirigirse, en medio de un escenario político que le es completamente adverso. Eso sería un error, porque las dudas han quedado despejadas y la derecha sabe muy bien lo que quiere y lo que debe hacer para lograrlo.

El proyecto de país de la derecha ha fracasado: ahí están para demostrarlo las mayores y más sostenidas movilizaciones ciudadanas de nuestra historia. Su gobierno es desabrido en lo más y una decepción en las apuestas estratégicas. El presidente es el primero en la lista de los mandatarios de América, solo que mirado de atrás para delante. Ya no hay nada que hacer para enmendar eso.

Pero, precisamente, cuando mueren las ilusiones, el realismo político vuelve por sus fueros. Las quimeras desaparecieron. Estamos en un régimen presidencial en que ha fallado el presidente y la derecha lo sabe, lo ha asimilado y está actuando en consecuencia. Por eso mismo ya sabe qué hacer.

Aunque sea raro de decir, lo que desea la derecha es salir de La Moneda “con lo puesto”, sin haber ganado nada, pero también sin haber perdido nada importante. Con esto quiero decir que el objetivo real del oficialismo es la recuperación del adherente de derecha, es decir, de su voto duro.

La derecha política (y Piñera en particular) tienen descontentos a propios y ajenos, cercanos y lejanos, votantes frecuentes y detractores. Pero volver a reconciliarse con los más cercanos no parece una meta inalcanzable.

Todo lo contrario. La cifra que más se repite, y que parece aunar voluntades en el oficialismo, es recuperar el 35% de la opinión pública. Tradicionalmente la derecha no es menos que ese porcentaje en ningún momento, salvo en el que nos encontramos.

Pero girar hacia la recuperación del voto propio, pero resentido por tanta muestra de ineptitud gubernamental, tiene muchas implicancias, y la más significativa es el endurecimiento de posiciones.

El razonamiento autocrítico en la Alianza es fácilmente entendible: si no nos apoyan en nuestro propio sector es porque no nos reconocen en las políticas que implementamos. Hay que asegurar el orden, la disciplina, demostrar autoridad. Al mismo tiempo que se entregan más beneficios sociales. Es simple, es básico, es comprensible y no requiere imaginación. Los saca del marasmo en el que han estado. Por eso creo que seguirán este camino.

Por eso estimo también que las principales reformas que el país necesita no serán aprobadas. No hay voluntad, no hay suficiente fuerza política para llegar a un acuerdo. Este no es un juicio sobre la sinceridad de quienes en el gobierno están interesados en un diálogo que saben necesario para el país; es un juicio sobre el espacio político disponible para los acuerdos, que es cada vez menor.

Es de mínima objetividad pensar que cuando en la derecha sus partidos están luchando por mantener sus posiciones básicas de poder (ante la esperable pérdida del gobierno), es una ilusión pensar que van a aceptar cambiar las reglas del juego que les asegura la mitad del parlamento.

Con esto es mucho lo que Chile pierde. Los grandes temas no se enfrentan sino que se postergarán. Los conflictos se agudizan, la legitimidad del sistema se debilita. Una solución de fondo en educación seguirá a la espera, lo mismo que las reformas políticas, la reforma tributaria, la descentralización, una puesta al día de la protección medioambiental, etc.

Pero no hay alternativa. La derecha no puede dar lo que no tiene. Un gobierno representativo, con proyectos sólidos y decantados, que busque encauzar las demandas mayoritarias, podría avanzar en las respuestas que Chile necesita.

La Alianza no es eso. Lo que tenemos es un gobierno minoritario, con rechazo ciudadano consolidado, sin proyectos que ofrecer ni tiempo para ejecutarlos, dedicado a salvar los enceres de los partidos que le dan sustento. Lo que observamos es la estrategia de un gobierno que fracasa.

martes, agosto 02, 2011

Deterioro de gobierno, desgaste de la derecha

Deterioro de gobierno, desgaste de la derecha

Víctor Maldonado R.

Hasta este momento parecía que era posible separar los destinos del gobierno de Piñera de aquel que tuvieran los partidos de derecha. En el oficialismo se tenía la convicción que un mal desempeño de la actual administración en el poder no tenía por qué afectar la representación partidaria en los municipios y en el parlamento.

Aun suponiendo que al gobierno le fuera mal (que es lo que a todas luces está pasando), la fuente de poder de la derecha (un sólido cuarenta por ciento de los votos) estaba intacto.

Pero lo que no estaba considerado en los análisis, era que los partidos fueran afectados por la experiencia de administrar el poder. De hecho es posible que los partidos de derecha estén experimentado un deterioro creciente que no estaba en los libros de nadie y que puede tener todo tipo de efectos. En la Alianza se está recurriendo con demasiada frecuencia a la reserva de confianza mutua y a la disciplina interna acumulada en mucho tiempo.

A parte de los conflictos que están desgastando a los partidos interiormente, es bien posible que el punto de fricción más importante –en la relación con el gobierno- esté pasando de la UDI a RN. Esto porque la situación ha quedado bastante desbalanceada entre estas colectividades a raíz del cambio de gabinete.

Renovación Nacional no puede dejar de observar que el más probable candidato presidencial de la UDI (Golborne) ha quedado en el gabinete, que su jefe de campaña es su colega (Longueira) y que el vocero político de la UDI es vocero de gobierno a secas (Chadwick). Es decir, que lo que ha entrado al gabinete es la plana mayor de una campaña. En ellos predominará el rol político y la agenda sectorial que tenga directa vinculación con este rol.

Al frente (o más bien al lado) no hay nada parecido. El ministro del interior, el mejor posicionado de RN, no es un hombre de mentalidad partidaria, sino un fiel seguidor del presidente y el mismo presidente no ha ganado nunca un premio al mejor compañero. Más lejos está Allamand pero pronto se descubrirá que, desde Defensa, es poco lo que puede hacer para aportar a un trabajo de equipo.

Como se ve, no hay equilibrio. Esta desazón en RN está produciendo todo tipo de efectos desordenados. Sentir un vacío de poder o de representación no es buen consejero. Por eso hemos visto a la senadora Lily Pérez dando a conocer que no tendría problemas en aceptar una candidatura presidencial que no se le ha ofrecido, y a Manuel José Ossandón poniendo tales condiciones para asumir la intendencia de la Región Metropolitana que logró abortar una buena posibilidad de serlo.

La sensación que da Renovación Nacional es la de un partido en el gobierno que no gobierna. Al menos, que no se hace sentir el peso de ser una colectividad, con comportamiento de tal e intereses reconocibles.

En el fondo, en RN están teniendo reacciones individuales, mientras que su socio gremialista (con muchos problemas y sin ser la sombra de lo que fue) sigue todavía trabajando como equipo.

Pero nadie lo está haciendo demasiado bien en la derecha. Hay una falta de sentido republicano y de modales cívicos que abruma. La visita de Dittborn a La Moneda es muy ejemplarizadora. En ese momento el ex diputado estaba siendo sondeado en reserva como subsecretario de Hacienda. A la salida de la reunión no tuvo problemas en comentar que estaba “punteando” en la lista de aspirantes. Una falta de decoro pocas veces vista. En la derecha cada cual es vocero de sí mismo, y la idea de esperar a que la autoridad de gobierno decida, no termina de entrarles en la cabeza.

Ahora, Dittborn es subsecretario de Hacienda. En otros tiempos, comentarios tan deportivos lo hubieran descartado como reemplazo de una posición de primera línea en el Ejecutivo, ahora el desatino no tiene costo y el nivel de tolerancia a los errores es de lo más amplio.

Por otra parte, es posible que la UDI haya abierto una caja de Pandora en su propia casa con el tema del reemplazo de los senadores. Ahora se ha visto al gremialismo dar espectáculo. La idea de guardar la compostura no ha encontrado muchos cultores en su interior.

Tal parece que nadie en la derecha está considerando el efecto acumulado de las decisiones que llevan al salvataje del gobierno desde el parlamento y desde los partidos. Es como si la cuenta nunca fuera a ser cobrada. Se actúa sobre la base de una impunidad ficticia.

Por último pudiera considerarse que todo el costo a pagar está bien gastado puesto que está significando un claro repunte del oficialismo. Pero hasta ahora nada de eso se ha podido constatar. Y aun cuando es casi imposible seguir bajando en las encuestas, lo cierto es que el gobierno está movilizándose más en dirección a detener la baja que ha terminar con una buena evaluación.

La posibilidad de terminar bien este gobierno se ha ido alejando del discurso público incluso de sus adherentes más reconocidos. El desaliento de sus partidarios es la constatación más evidente que se puede hacer por parte de cualquier observador. De allí que la formula parezca ser el concentrarse en el control de daños de lo que hay, y en preparar su reemplazo a partir de figuras que no tengan las notables deficiencias y carencias mostradas por Piñera en el ejercicio del poder.

Ciertamente el deterioro de los partidos oficialistas no es todavía electoral, es ante todo político y se constata en las relaciones al interior de la coalición que conforman. Pero del desgaste de las relaciones institucionales, del aumento de las diferencias internas en los partidos y del aumento de la competencia dura entre ellos no se ve cómo pueda salir algo bueno.

miércoles, julio 20, 2011

El cambio vino y se fue

El cambio vino y se fue

Víctor Maldonado R.

Se puede decir lo que se quiera del cambio de gabinete, pero lo que está fuera de dudas, es que se trata del último intento serio de rectificación. Todos los que debían estar, ya se encuentran dentro del gabinete. Han llegado los pesos pesados. Yo no queda quién más incorporar de los que pudieran significar un aporte y son reconocidos como personalidades clave de la derecha.

Otro modo de decirlo es que se ha agotado el último cartucho. Lo que pueda pasar de aquí en adelante sonará a repetición y a vuelta en círculo.

Ahora es cuando que vale la pena arriesgar un pronóstico: este cambio, en su sentido más profundo, no va a resultar. Muchos aspectos de la administración pueden mejorar, pero eso no quita que la conducción del Estado siga siendo piramidal. El problema de gobierno está radicado en la única persona que no puede cambiar y que, no obstante, regenera las dificultades: en el presidente.

El remedio no alcanza para tanto. En un régimen presidencial, cuando fallan los ministros se cambia a los ministros, cuando falla el presidente se cambia… a los ministros.

El gobierno está tratando de instalar la idea de que se ha pasado a un segundo tiempo, es decir, que luego de la instalación se ha entrado a una etapa de mayor madurez. Ha llegado el momento de las realizaciones, se nos dice.

Lo que no se menciona es que hemos llegado a la fuerza a este segundo tiempo, después de haber perdido el primer tiempo.

El cambio vino y se fue. No es que llegue un equipo a rematar lo bueno que se ha hecho hasta ahora. La misión parte mucho más modesta: se trata de recuperar el tiempo perdido y de enmendar errores. El reemplazo de la política por la técnica fracasó y se desperdició por completo el impulso inicial, ahora hay que reparar antes de emprender y eso también con dificultades.

Cuando las nuevas figuras oficialistas traten de tomar decisiones más allá de lo que corresponde a un fiel ayudante, serán rectificados. Los intentos de dirimir a través de colaboradores no van a funcionar.

Piñera no soporta el segundo plano. Tampoco que los otros hayan tenido razón y él esté en un error. La humildad no está en su ADN. Simplemente se rebelará apenas alguien lo intente.

A pocas horas del cambio en la primera línea del Ejecutivo, ya se ha podido notar los anhelos ministeriales de dar conducción al conjunto, y la resistencia del mandatario a ver disminuida su presencia en la escena.

Longueira en La Moneda habría sido la confesión expresa de ineptitud presidencial. Reconocer que el detractor interno había tenido siempre la razón.

Por lo demás, quienes diseñaron este ajuste en la primera línea han logrado mantener casi incólume el gabinete político en Palacio: salió la vocera (que era más ignorada que criticada), pero se quedó Hinzpeter (que era la cabeza y responsable del funcionamiento de un gabinete desgastado). Pero el costo ha sido muy alto.

Porque lo que sí ha cambiado (y con ello el escenario político se ha modificado drásticamente) es que la UDI dejó claramente establecido que no contentó ni se contentará sino con que se siga el rumbo que ella le ha fijado al gobierno. Está claro que si no le hace caso su apoyo entusiasta se vería muy menguado. Esa presión Piñera lo la pudo resistir y eso no le será fácil de olvidar. En otras palabras, el gremialismo seguirá siendo un rebelde indispensable, más insoportable por el mismo hecho de ser indispensable.

De momento, la capacidad que tiene Sebastián Piñera de hacer declaraciones desafortunadas, dieron pábulo a que, tras la ceremonia misma de instalación de los nuevos ministros, dos de ellos tuvieran que salir rectificando la desatinada referencia a la educación como “bien de consumo”. El nuevo vocero tuvo que hacer una interpretación libre de las palabras del presidente (lo rectificó, ni más ni menos), y el nuevo ministro de economía opinó algo distinto de su superior formal. Estas primeras señales son muy significativas para saber cómo irán las cosas en el futuro.

Lo cierto es que Piñera ha perdido poder. Su entorno más leal e incondicional se ha debilitado en influencia. La agenda política de gobierno se ha diversificado en corrientes o bando dispuestos a la disputa. El gremialismo entra al gobierno con la camiseta puesta, marcando presencia y estilo.

Lo que se puede decir es que el gobierno se va a potenciar con los nuevos integrantes del equipo ministerial, posiblemente en gestión, de todas maneras en comunicaciones y en capacidad de diálogo político. Pero es evidente que también se potencian los conflictos internos.

Están repartidos los cargos pero no las áreas de influencia ni los pesos específicos de cada cual. Y hay algunos que quieren abarcar mucho. No es usual que un ministro informe de su incorporación al Comité Político, “a petición del presidente”. Las formas son importantes en política y esto pareció más una notificación a Piñera que una invitación del mismo. Por lo general son los dueños de casa los que invitan, no lo invitados los que notifican de su llegada. Por eso Piñera rectifico a quienes antes lo habían rectificado a él ¡todo esto en el estreno del nuevo equipo de colaboradores!

Por eso el conflicto se ha declarado. Es al presidente al que se le está ocupando su espacio, y si este no reacciona sus colaboradores directos serán obviados de la toma de decisiones.

Puede que el diálogo con la oposición se active de buena forma, pero sin duda, al interior del gobierno, la lucha por los espacios de poder será ruda y el diálogo fraterno no será su característica más destacada.