viernes, junio 08, 2007

Diferimos pero convergemos

Diferimos pero convergemos

No hay que olvidar que el límite es el bien común. Asumir riesgos personales está muy bien. Pero no ocurre lo mismo con poner en riesgo al país o afectar un conjunto importante de ciudadanos.

Víctor Maldonado


La diferencia

Para llegar a acuerdos la Concertación conversa. Esto es muy sencillo de decir, pero saber hacerlo mejor que la derecha hace toda la diferencia.

La política está siempre presente y eso significa, también hacia dentro, que se negocia para llegar a acuerdos. Cuando se aplican, el Gobierno y la Concertación lo hacen bien en esta materia. Y es lo que tendrán que seguir haciendo, con especial dedicación y sin descanso durante todo este mes.

Si se mira con atención lo que ha pasado en los últimos días, se podrá apreciar que el protagonista más destacado ha sido el comité político de La Moneda. Los ministros han sido activos en la búsqueda de acuerdos y han funcionado como equipo, cada uno con roles distintos.

Los efectos de esta actuación han sido notorios. En ocasiones anteriores, el Ejecutivo ha enfrentado momentos difíciles justo cuando la Presidenta Michelle Bachelet ha estado en el extranjero. Ahora se tuvo que enfrentar una semana nada fácil, con conflictos en varios frentes y una negociación difícil en curso. Con todo, no existió la sensación de vacío de poder. Cada cual estaba intensamente ocupado en tareas concretas y coordinadas.

Esto es muy importante de comprobar, porque muestra a un equipo de dirección que ha logrado afiatarse y colaborar de modo eficiente entre sí. Es un dato que habrá que tomar muy en cuenta para analizar los futuros acontecimientos.

Sin este tipo de conducta colectiva, que es la mismo que muestran los presidentes de partidos de la Concertación, no sería posible emprender tareas difíciles. Y obtener recursos para el Transantiago está entre los desafíos más complejos a implementar. Basta con ver lo que está pasando.

No ha sido necesaria la participación de un clarividente para saber que la negociación de un proyecto de ley de financiamiento del plan de transportes iba a consistir en cualquier cosa menos en entregar un “cheque en blanco” por parte de los parlamentarios. Menos, si cabe, en el caso de los legisladores oficialistas.

Incluso considerando las múltiples complejidades, el acuerdo siempre ha sido posible de alcanzar, a condición de respetar dos condiciones básicas: factibilidad y voluntad de converger.

Lo primero es obvio. La política cumple un papel insustituible en las decisiones públicas, pero no lo es todo. Puede acordarse un imposible, pero no se puede implementar. Hay que optar entre alternativas reales y eso requiere un conocimiento de los límites dentro de los cuales es posible moverse.

Pero la segunda condición es imprescindible, en especial con los últimos y más remisos miembros de la Concertación dispuestos a llegar un acuerdo.

Todo, menos un rechazo decidido con anticipación

¿Cuándo no es posible un acuerdo total? Cuando alguien tiene la decisión previa, ya tomada, de negarse a aceptar cualquier convergencia de opinión.

Cuando se ponen condiciones para llegar a un acuerdo, como en la entrega de recursos al Transantiago, se está procediendo de modo franco y entendible. Es lo que han hecho los parlamentarios de regiones, que buscaron asegurar el envío efectivo, equivalente y rápido de recursos fuera de la capital y, al parecer, lo han logrado de modo satisfactorio.

Lo anterior corresponde a un comportamiento responsable. Es lo que uno espera que hagan representantes populares. Es también una forma de colaborar, porque se pone una condición concreta, medida y alcanzable para posibilitar el acuerdo.

Pero se puede actuar de otro modo, con condiciones que en realidad operan como obstáculos sucesivos. Si en una negociación las condiciones originales se aceptan, lo que no se puede hacer es irlas renovando a medida que se cumplen. Porque cuando se hace algo como esto, lo que queda claro es que lo que interesa no es el acuerdo, sino renovar las dificultades.

Quien no quiere llegar a acuerdo, tiene a su disposición un amplio abanico de recursos para justificar su actitud.

Siempre puede argumentar con otros problemas, ajenos al tema en debate. Se pueden pedir especificaciones hasta el infinito. O, se pueda declarar, como último recurso, que no se cree que el acuerdo se llegue a implementar.

Entonces, la buena voluntad se esfuma. Y la mala fe impide una sana convivencia. Si ello llega a acontecer, se ha llegado a una situación inaceptable. En cualquier caso, no estamos hablando de un asunto de disciplina en una coalición, si no de casos aislados que han optado por caminar en solitario, lo que es bien distinto.

La derecha en la retaguardia

Mientras escribo estas páginas, la negociación está en proceso y no se conoce el desenlace.

Lo que en este momento se pueden tener son criterios para evaluar lo que suceda. Y lo primero en lo que hay que pensar para juzgar la actuación de uno y otros, es pensar siempre en cuáles son los caminos que se están abandonando.

En este caso es obvio. Si uno tiene dudas respecto de si un acuerdo no se va a cumplir, entonces deja establecido qué hará después que eso ocurra. No disiente por expectativas sin verificar.

Puede, incluso, pedir que todo su partido o su bancada acuerde seguir una línea de disconformidad manifiesta en caso de no cumplimiento. Esto opera cuando existe voluntad de trabajo conjunto.

Lo mismo se explica si se cree que la solución encontrada constituye un parche y no una solución.

En todo caso, siempre hay que considerar la posibilidad de no tener toda la razón. A uno algo le debe hacer sospechar que el asunto no anda bien cuando, sistemáticamente, empieza a considerar que la mayoría se equivoca y que uno en solitario tiene la verdad completa.

Si quienes dieron nacimiento a los actuales partidos hubieran comenzado a pensar desde premisas semejantes nunca se hubiera fundado ninguno de ellos.

Lo que ocurre con los populistas es que trabajan para sí mismos y qué ocurre con los demás es una consideración posterior. Los populistas destruyen las causas colectivas, porque subordinan lo que sea a su buen saber y entender como máxima regla.

Mientras esto ocurre con la Concertación, el panorama en la oposición es más bien desolador. La derecha, en este período tan decisivo, está mostrando sus carencias. Cuanto más lejos debiera mirar y cuantas más propuestas debiera adelantar, más se está enredando en discusiones menores.

Su rechazo a la gira presidencial, argumentando que no es allí donde están los problemas, marca su punto más bajo. Es una mirada de topo. Las oportunidades les pasan por el lado y ni se enteran.

En fin, lo que más le puede importar a un país como el nuestro es saber que su dirigencia política, ante las grandes dificultades, no pierde el norte.

No costaría nada lograr que los problemas se agudicen. Bastaría con obstruir, pedir más allá de lo razonable, preocuparse exclusivamente del aplauso de la galería.

Hay muchos incentivos para este tipo de comportamientos. En particular, influye el hecho de que la ordenación de los principales liderazgos con posibilidades presidenciales no se ha terminado de decantar. Nadie parece haber logrado una ventaja tal que le permita iniciar el despegue del montón.

Nadie ha logrado destacar como para empezar a ganar adherentes. Como esto es así, la notoriedad en materias de alcance nacional no es como para desestimar. Puede ser el impulso que se necesita para despegar.

Todo muy bien, excepto que no hay que olvidar que el límite a mantener es el bien común nacional. Asumir riesgos personales, jugándose a fondo por la mejor opción que uno vislumbra, está muy bien. Pero no ocurre lo mismo con poner en riesgo al país o afectar un conjunto importante de ciudadanos.

Cada uno debiera actuar con decoro. El país esta mirando, escuchando y evaluando. No es el momento de aventuras personales.