viernes, septiembre 08, 2006

La derecha en reversa

La derecha en reversa

La oposición está equivocando el camino. Como es de esperar este efecto está siempre asociado a una falla en el liderazgo. Les está importando más la competencia interna que el efecto que está teniendo su acción colectiva.

Víctor Maldonado


Ojos de lince

LA DERECHA ha mantenido mucho tiempo una pésima costumbre: confundir predicciones con deseos. Es la persistencia sistemática en una especie de casi ceguera voluntaria, que le resulta muy dañina.

La mayor dificultad de esta manera de proceder es que cambia las tareas políticas al alcance de la mano, por la tozuda convicción de que los adversarios se encaminan inevitablemente hasta la catástrofe.

Casi se puede llegar a la conclusión de que se trata de un consuelo de muchos. Es la adopción de un trato displicente y altanero por parte de quien no se explica cómo es que nunca ha ganado una elección presidencial, no obstante parecerle obvio que quienes han ejercido el poder en cuatro administraciones son y han sido unos ineptos y, en cambio, quien actúa de pitoniso tiene todo claro y ha sabido siempre cómo hacer bien las cosas.

Claro, el no haber convencido a una mayoría ciudadana de algo tan evidente, no deja de ser un problema. Pero eso es otro asunto.

Estamos ante una esperanza mesiánica convertida en condena divina. Algo muy de la especialidad de Pablo Longueira, pero que tiene muchos otros cultores en la oposición.

Cualquiera que tenga la paciencia de seguir las predicciones del ahora senador durante lo que va de la democracia, verá que siempre se ha adelantado a la próxima e inminente destrucción de la Concertación.

No es una práctica que pretenda abandonar. Porque no le provoca ningún problema el desacierto constante.

Esa es una característica de las personas que siempre consideran que tienen la verdad de su lado. Cuando la realidad no se ajusta a lo que dicen, peor para la realidad, nunca peor para ellos.

Ahora, en su versión más reciente, la idea es que existe un “germen de inestabilidad social”, que va a “reventar”, porque se estaría abandonando el manejo de situaciones con una visión exclusivamente de corto plazo. Y por si fuera poco, si el crecimiento económico es bajo en los años que vienen, lo que va a suceder -de modo inevitable- es que “Chile explote socialmente”.

Es una lástima que afirmaciones como ésta se dejen pasar con tanto frecuencia. La política va a empezar a mejorar mucho el día en que se empiecen a coleccionar las declaraciones, sobre todo las rimbombantes, y se las contraste con la realidad a su debido tiempo. Ninguna impunidad es saludable.

Hay que hacerse cargo de lo que se dice porque las palabras deben tener valor y deben producir efectos. De otro modo, las malas costumbres seguirán actuando con impunidad.

La realidad mirada de frente

Este es un Gobierno que, como todos, se puede juzgar por el tipo de problemas de los que se hace cargo.

Es bien notorio que las dificultades que la gestión ha estado escogiendo son de aquellas que se asumen porque se considera con responsabilidad el largo plazo. Ahora mismo es lo que está ocurriendo con el debate sobre prevención de embarazos en adolescentes. Aquí quedará claro algo muy básico: las posiciones fáciles y extremas son de tiro corto.

En política, los conservadores y fundamentalistas creen que es cosa de marcar una línea artificial entre los que están por la vida y la familia, por un lado, y las fuerzas del mal, por otro, para ganar un debate serio. Los que plantean una polémica en estos términos gritan primero y gritan fuerte, pero no resisten un debate en profundidad.

Aquí es donde pesa el sostener posiciones coherentes y consistentes. Se ha planteado el debate y, ya que está aquí, hay que ganarlo. Se trata de saber quién está en mayor sintonía con el país real, con los adolescentes tal cual viven, con las familias tal cual son, las necesidades de apoyo y asistencia tal cual se presentan.

Pero ese modo de conducirse no es aislado. Así, se ha procedido en los temas económicos y sociales clave. Si éste fuera un Gobierno irresponsable habría transado con facilidad frente a las presiones. Y no ha sido así.

El comportamiento que se ha tenido está en las antípodas del populismo. Es más, la duda que siempre se presenta en las propias filas del oficialismo no es la del riesgo del descontrol. Es precisamente el peligro inverso, es decir, si no estará ocurriendo que se esté dejando de ocupar todo el margen de maniobra que dispone para entregar beneficios sociales.

La sola presencia de debates como éste muestra la diferencia de lo que ocurre con la mayoría de países que se pudieran encontrar en situaciones similares.

La pregunta en Chile es cómo se preserva un desarrollo sostenido, no simplemente cómo se ocupan los excedentes que la prolongación de una buena temporada nos puede entregar.

No es necesario llegar a afirmar que se están tomando puras decisiones acertadas para reconocer que el horizonte de tiempo que se usa en decidir qué caminos se adoptan es bastante más amplio que el de un mandato presidencial.

No por nada se tiene plena conciencia de la importancia que reviste el haber sabido mantener políticas públicas por espacios prolongados.

La decisión de perder el tiempo

En cambio, cuando se varía un diagnóstico ajustado a la realidad por otro que es el que más nos acomoda, se puede llegar a conclusiones muy difíciles de sostener con sinceridad.

En la reunión conjunta UDI-RN se llegó a una descripción tan dantesca de la realidad chilena que pide demasiado a quienes con sinceridad se quieren sentir interpretados por la oposición.

En realidad, pocas dificultades se pueden tener cuando una alianza política parte por excluir de su debate el principal punto de controversia que los separa (en este caso, la discusión sobre el sistema binominal). Se puede llegar a acusar a los adversarios de estar provocando nada menos que una crisis institucional cuando sus posibles candidatos presidenciales ni siquiera pueden coincidir en darse la mano en público dado lo poco que se quieren. Se puede afirmar que los demás cometen errores o, más bien, son la encarnación del error, mientras se distingue a los aliados entre los “profetas de la esperanza” y los “profetas del Apocalipsis”.

Todo esto se puede hacer pero tiene su costo. El principal es que, cuando alguien se ocupa mucho de describir lo malos, perversos e inútiles que son los otros, deja muchas tareas pendientes por hacer.

Tal vez la derecha debiera recordarse de las sabias palabras de Nikita Krushchov cuando, en pleno régimen soviético, escuchaba a uno de sus colaboradores directos decir las peores cosas de los países capitalistas. El líder comunista sólo replicó: “Compañero, la propaganda hay que hacerla. No hay que creérsela”. Así, la derecha puede estar tejiendo una hermosa telaraña, con el único resultado de quedar atrapada.

La pregunta para la oposición no es la de plantearse si está siendo lo suficientemente dura al criticar al Gobierno. Si a la Concertación le va bien en su gestión, esto no le servirá de nada. No está en su mano convencer a los ciudadanos, sobre todo si su crítica es tan extrema que no resulta verosímil.

Lo que siempre ha estado en su poder es mostrar positivamente sus puntos de vista. Entrar al debate desde una confrontación de propuestas y puntos de vista. Reemplazar el festival de vanidades en que la tienen sumida sus liderazgos más conocidos por el trabajo metódico y sistemático que construyen todas las grandes coaliciones políticas que se conocen.

La derecha está equivocando el camino. Como es de esperar este efecto está siempre asociado a una falla en el liderazgo. Les está importando más la competencia interna que el efecto que está teniendo su acción colectiva. Si se toma como norte llegar a La Moneda, está claro que la oposición ha aplicado reversa.