viernes, enero 27, 2006

Los padres y los hijos de la dictadura

POLÍTICA:


Los padres y los hijos de la dictadura


Los jerarcas han intentado minimizar el fenómeno. Se usó toda la energía para apagar el foco infeccioso. La UDI no hubiera suspendido para marzo el debate interno si esto no fuera importante.


Víctor Maldonado


El inicio de la autocrítica en la derecha

Desde luego, se trata de algo más que de una coincidencia. En la misma semana en que la familia Pinochet fue procesada por la evasión de impuestos, en la UDI se produjo la primera muestra de disidencia pública de la conducción oficial.

Puede que a algunos les moleste referirse al pasado porque lo consideran algo muerto, pero lo cierto es que, en los últimos años, hemos debido enterrarlo varias veces.

Cada vez que reaparece, la derecha política se incomoda y se pone a la defensiva. Sus caras más visibles vuelven a quedar atrapadas por una maraña de responsabilidades, actuaciones y antiguas lealtades.

En la oposición, y en particular en la UDI, esto tenía que terminar por hastiar. Y, como siempre, el hilo se cortó por lo más delgado.

La dictadura no sólo ha tenido hijos, también tiene padres y parientes que todavía se encuentran entre nosotros. La convivencia entre unos y otros no está resultando nada fácil. Los que la encarnaron están terminando de la peor forma: ante la injusticia y ni siquiera por los peores crímenes sino por delitos comunes que ni sus partidarios pueden excusar.

Para los continuadores políticos de la dictadura la situación resulta preocupante. Algunos de sus prohombres fueron derrotados en las últimas elecciones. Los que no lo fueron, como Jovino Novoa, de todas maneras han quedado en una posición inconfortable. En realidad, no se sabe si su permanencia en el liderazgo está resultando más un lastre que un aporte para el partido que fundaron.

Por cierto, es desde la nueva hornada de liderazgos desde donde surgiría la próxima expresión de rebeldía.

Al comienzo, la primera manifestación de un deseo larvado de soltar amarras del régimen autoritario, sus representantes e íconos, puede ser sofocada. Después de todo, es un escándalo al interior de una familia -la gremialista- que se precia de mostrarse muy compuesta ante los demás y en público.

Pero, ¿cuánto más podían resistir los candados de las puertas?

Los jerarcas han intentado minimizar el fenómeno. Al mismo tiempo, se usó toda la energía necesaria para apagar el foco infeccioso (la petición de renovación dirigencial por parte del alcalde de Recoleta). Pero no hubieran suspendido para marzo el debate interno si esto no fuera importante. Tratándose de la UDI, la pura instalación del tema es ya un éxito inicial significativo.

Derrotados al principio, triunfadores al final

En realidad, la apuesta del disidente no tiene nada de suicida. Al revés, es la única sensata cuando quien la inicia tiene tiempo suficiente para aguantar el chaparrón inicial, cuenta con un centro de poder autónomo, no dispone de posibilidades reales de ascenso interno “por las buenas”, y sabe que el camino no tiene retorno.

¿Cómo se resolverá el tema del liderazgo en la derecha?

Hay una sola vía posible: conservar una cuota de poder significativo en el partido propio, y, al mismo tiempo, manteniendo una alianza de cooperación mutua con un sector afín en el partido del lado.

En otras palabras, el liderazgo se resolverá por los apoyos cruzados. Por ello, las cosas no se vislumbran simples en la derecha.

No presenciaremos una relación sencilla entre los dos partidos que compiten entre sí y que, al mismo tiempo, colaboran respetando sus respectivos pesos políticos.

No sucederá de este modo. Ello implicaría que los partidos de la oposición son lo suficientemente homogéneos para tener un sustancial comportamiento de colectividad. RN no ha sido nunca así, y, ahora, la UDI está dejando de serlo.

De manera que los que tienen mayores posibilidades de terminar predominando son los más aperturistas y los que agrupan más líderes con respaldo ciudadano.

Los que llevan las de perder (no ahora, sino antes de la nueva elección presidencial) son los obtusos, los encasillados en sus sedes y los que se queden enredados en el pasado.

Ya lo hemos dicho en otra ocasión: la derecha no ha salido de la elección presidencial con su liderazgo resuelto, y ese hecho finalmente le está pasando la cuenta.

El momento de la renovación

Se ha instalado la idea de una necesaria renovación. Para algo sirven las derrotas si de ellas se extraen las lecciones adecuadas y se aprovecha eficientemente el tiempo.

Que en los dos partidos opositores se escuchen las más diversas voces pidiendo liderazgos más jóvenes debe ser considerado una buena noticia para todos.

Devela que en la oposición existe plena conciencia que, si no han ganado ninguna elección presidencial, parlamentaria ni municipal desde que se recuperó la democracia, no es por la pura maldad de sus adversarios, sino por sus propios defectos.

Es bastante evidente que si la reflexión se ha demorado tanto no es porque sus errores y falencias hayan sido invisibles hasta el día de hoy. Antes bien es porque los que siempre han hecho las evaluaciones políticas, han olvidado el pequeño detalle de cuestionar sus propias actuaciones.

Al fin, lo que ha terminado por pasar es que se evalúa a los encargados de las evaluaciones.

Por supuesto, las viejas guardias no caerán al primer encontrón, pero la sensación de un tiempo cumplido irá generando conciencia de un modo inevitable. Por eso, no hay que dejar de observar a la derecha en estos meses de preparativos y de reacomodos internos.

Hasta ahora los liderazgos más proyectados de la derecha han sido los mismos desde el inicio de la transición.

Pero este es un cuadro cada vez más incompleto, que impide dar cuenta de la evolución en la que se está adentrando.

La Concertación no es sólo el gobierno

En política, cada momento tiene su batalla. La renovación de los partidos es una necesidad que toca a la puerta.

Los que más errores han cometido son los que tienen más incentivos para enfrentar este desafío del momento. Pero no son los únicos que deberían hacerlo.

La Concertación no debiera excusarse de su propia necesidad de poner al día a sus partidos.

No bastará con hacer un buen Gobierno. Hace falta fortalecer en su base de sustentación.

En el oficialismo se debe tomar debida nota de que sus liderazgos más poderosos no han venido desde las decisiones de los partidos. Ni siquiera han sido favorecidos fuertemente por sus organizaciones partidarias.

De modo que jugarse por la promoción de nuevos liderazgos, con potencialidad pública, bien puede llegar a ser una apuesta obvia de la oposición, y debe serlo también para quienes acaban de ganar el Congreso y la Presidencia de Chile. Después de todo, los períodos son cortos y no permiten que nadie se duerma en los laureles.

En los días que se anuncia el gabinete, ¿hay quienes prepararan los anuncios sobre cómo hacer mejor los partidos que tenemos?