viernes, septiembre 02, 2005

La tentación de la guerra civil

La tentación de la guerra civil


Los partidos son difíciles de matar, pero nadie los puede defender del suicidio. Si no hay quien detenga esta espiral RN-UDI, las heridas de los próximos meses serán recordadas por años.



Hay que partir por lo más importante: En la elección presidencial, la Concertación está consiguiendo una cómoda ventaja producto de que tiene la mejor candidata, el apoyo ordenado de todos los partidos y, además, porque el Gobierno cuenta con una adhesión ciudadana sin precedentes en nuestra historia política.

Así, mientras en el conglomerado mayoritario no se han cometido errores graves, durante el último período la oposición ha estado coleccionando traspiés y escogiendo siempre, entre sus alternativas a disposición, la que resulta más autodestructiva.

De este modo, la situación de la derecha parece la inversa de la Concertación: sus candidatos no ganan en primera vuelta y, si por milagro uno pasara a la segunda, sería para recibir una paliza de proporciones.

Los partidos de la oposición parecen estar dedicados a competir entre sí, más allá de lo prudente y lo sensato. Vivir para ver: la UDI ha dejado de tener una conducción monolítica y hegemónica y se está dejando arrastrar a una polarización de la que saldrá como la mayor damnificada; en cambio, es ahora RN la que está demostrando una dirección partidaria capaz de imponer disciplina y aplicarla a los remisos.

Desde la derecha, la natural ocupación de enfrentar al Gobierno se ha ido trasladando a una nueva prioridad por atacarse entre partidos y al interior de cada partido.

Los resultados están a la vista. Como decían los antiguos griegos, “los dioses ciegan a los que quieren perder”. En verdad, la derecha es exasperante. Le bastaba un último esfuerzo para transitar con roces aceptables hacia un nuevo predominio de RN. Nada grave, considerando todo lo que está en juego. Es más, justo cuando se encontraba por superar su peor momento, entraron un curso de colisión.

Hasta el menos advertido puede darse cuenta de que un conflicto senatorial en la X Región no podrá ser controlado por nadie. Sería una guerra civil que empezaría como una pradera que se incendia en Valdivia, pero que termina chamuscando contrincantes en toda la zona.

Para mayor ironía, los más perjudicados serían los gremialistas, porque tienen muchos lugares que defender, tienen menos con qué defenderse y han perdido su unidad interna. En el mejor de los casos, pueden ganar en la X Región, pero perderán su predominio en la derecha.

Como hemos señalado en otras ocasiones, los partidos son difíciles de matar, pero nadie los puede defender del suicidio. Si no hay quien detenga esta espiral, y si los pirómanos de cada lado hacen de las suyas, las heridas que quedarán como herencia de los próximos meses serán recordadas por años.

Reunidos por Zaldívar

Ante semejantes muestras de desatino y de falta de auténticos liderazgos, la Concertación debe perseverar en sus virtudes.

Aunque nada se asemeje al aquelarre de la derecha, también el oficialismo debe sortear las dificultades y problemas. Hoy se vislumbran dos sensibles: la negociación parlamentaria y las repercusiones de la incorporación DC al comando presidencial. Lo primero no es nada excepcional y se tiene sobrada experiencia para darle sufrido pero aceptable término. La segunda dificultad sí es novedad.

Michelle Bachelet decidió una incorporación de personeros falangistas con abierto predominio de la directiva DC. A ello han seguido las protestas de la oposición interna a Adolfo Zaldívar, que esperaba una integración paritaria.

Tal vez, por inesperada, la primera reacción no fue buena. Puede que la mesa DC no esté cumpliendo a cabalidad con las tareas que se deben llevar a cabo para recuperar el liderazgo político como partido. Pero la disidencia lo está haciendo todavía menos.

Por si alguien tenía dudas, en estos días ha quedado claro que el peso de este último sector de la DC no permite llegar al comando presidencial en igualdad de condiciones.

La causa de que esto ocurra no es la maldad humana. Es una razón política: el sector no muestra un peso suficiente como para tomarlo en cuenta, cual si fuera la mitad partidaria que probablemente sea en muchos momentos.

Su mismo nombre delata la situación a más no poder. Es “disidencia”, esto es, los que tienen una opinión diferente a aquellos que conducen. El disidente no es alguien que puede cambiar el rumbo de los acontecimientos y, por lo tanto, sólo alcanza a dar su opinión en contrario.

Como todos sabemos en Chile, hay ocasiones en que la simple demostración de disenso requiere de no poca valentía. Pueden llegar a mostrarse gestos de notable consecuencia personal. Pero cada quien sabe que está operando dentro de un esquema que no se ha alterado en sus líneas fundamentales.

Es el tiempo del trabajo, no de los honores

La disidencia no es la alternativa de conducción, es simplemente el grupo humano reunido, porque no les gusta la dirección dada por quienes conducen. Bastante poco, a decir verdad. La unidad de propósitos es algo mucho más exigente.

Lo que ha reunido a la disidencia, hasta ahora, es el hecho de que Adolfo Zaldívar está donde está. Sin eso, no sería ni siquiera disidencia. Serían disidentes unos de otros. Tal como ocurrió hasta que fueron reemplazados de la dirección partidaria. Y eso sucedió porque no los unía un propósito común.

Si Zaldívar ha predominado en el empleo de la táctica, es porque no ha encontrado consistencia suficiente que se le enfrente.

Hasta hoy la disidencia ha clamado por un equilibrio interno y pide respeto a la pluralidad. Por supuesto, ha sido tratada como lo haría cualquier personaje poco fino, al que sólo le interesan las crudas realidades del poder. En este aspecto la disidencia está en deuda. Tiene lo que le dan y no lo que debiera haber ganado. Puede sonar duro, pero “es lo que hay”, como dicen nuestros jóvenes.

La DC ha pasado de un sistema de convivencia basado en la confianza a otro basado en el poder. En ese esquema, lo único que puede ser escuchado es un sector capaz de ganar la conducción y que se prepara para hacerlo.

De momento, la reacción más fuerte se ha dado por un problema de cuotas de poder en el comando presidencial. Algo que no puede interesar a nadie más que a los involucrados.

Como es obvio para los demás, la Falange desde fuera es vista mediante su directiva. La necesidad de mostrar la amplitud de la Concertación prima en campaña por sobre cualquier otra consideración, y es esto lo que ha ocurrido en este caso.

La advertencia ha sido dada. Tal como está, se está en una posición marginal.

La disidencia no debería estar disgustada con Zaldívar, y menos con Bachelet. Debería estar enojada consigo misma. Puesto que está dedicada a la política y no a las relaciones públicas, la representación que consiga nunca puede depender puramente de lo bien que se porta, sino de la fuerza y de la autoridad que se tiene.

La DC tiene un tema interno que resolver. Es algo bien relevante para sus militantes y se resolverá a su tiempo y en su momento. Después de las elecciones. Ahora es un tiempo para entregar un aporte leal y contundente. Esto es relevante para la Concertación y la mayor parte de los chilenos y chilenas. Hoy es el tiempo del trabajo.

1 Comments:

At 3:53 p. m., Blogger Gabriel said...

Excelente tus comentarios Vioctor.

Normalmente me llegan tus artículos a través del correo por algún amigo, pero no siempre tengo acceso a ellos. En el último que recibí vi tu dirección del blog y ya sé donde conectarte.

Hoy aparece un comentario de Patricio Navia que también me llamó la atención en http://www.lun.com/Politica//detalle_noticia.asp?cuerpo=701&seccion=802&subseccion=901&idnoticia=C385999641687153

Un saludo afectuoso

Gabriel

 

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