viernes, septiembre 23, 2005

Esperanza, ciudadanos y política

Esperanza, ciudadanos y política


Lo que se busca es la conexión política de la ciudadanía, cuando ello es pertinente y beneficioso. Se trata de que los partidos se renueven, no que desaparezcan. El punto de arranque estará en el inicio del próximo Gobierno.



Hija del éxito

Sin duda, éste es un momento en que el futuro del país se ve con optimismo. Las encuestas lo señalan sin excepción, pero más que nada ello se puede expresar en la decisión mayoritaria de emprender nuevos e inéditos caminos. De otro modo, la postulación presidencial de Michelle Bachelet (no programada por nadie, pero de amplio respaldo popular) no estaría allí.

Una candidatura que propone innovar sería impensable en un país pegado a lo pretérito o donde lo más común fuera estimar que los obstáculos al desarrollo nacional superan las posibilidades colectivas.

Así es que tenemos una esperanza en curso. Pero, ¿esperanza de qué? ¿Por cuánto tiempo?

Tal vez la pista principal la haya dado la propia Bachelet. En un acto de proclamación definió el rumbo que ha de seguir del siguiente modo: “Vamos a transitar de la prosperidad a la solidaridad”.

Esto parece decir que se puede aspirar a un nuevo horizonte, precisamente porque Chile es un país que ha ido alcanzando las metas que se ha propuesto, mejorando -vez tras vez- su “piso institucional”, como lo ha denominado Ricardo Lagos. Y la próxima meta se identifica con una nación más integrada, mayor participación del ciudadano común, un poder más repartido entre sus comunidades y sus territorios, con personas más maduras, respetuosas y tolerantes unas de otras.

En otras palabras, la esperanza aludida estriba, nada menos, que en mejorar la forma cómo se concibe y practica la política entre nosotros.

Como todos sabemos, este intento tiene la enorme dificultad de que puede concitar fuertes resistencias. Además, se parece mucho a una carrera contra reloj.
Aun suponiendo que se tratara de un anhelo compartido por un número amplio de personas, a no pocos acomoda de sobremanera la costumbre de tomar las decisiones más importantes en círculos más bien cerrados, entre personas que “entienden lo que pasa”. En otras palabras, las posibilidades de implantar una mayor apertura de la política a los ciudadanos cuenta con un tiempo acotado para fructificar. Inevitablemente un estilo se impondrá sobre otro. O el intento se diluye al chocar ante el muro de las prácticas establecidas, o consigue superar las resistencias básicas que encuentra en el camino. Pero empate no va a haber.


El problema son los amigos

Este corte no tiene que ver con las habituales diferencias entre izquierda, centro o derecha. Bien puede ser un corte transversal motivado, en cada sector político, por el anhelo de lograr una vivencia más real de la democracia en la convivencia habitual.

Algunos considerarán que la captura de la política por un número pequeño de iniciados es un traje demasiado reducido para el Chile de hoy y mañana, y otros considerarán que, así como estamos ahora, vamos de lo más bien.

Pocas veces se puede tener una evidencia mayor de cuánto se ha ido transformando el país tras la derrota de Augusto Pinochet. Algunos siguen interrogándose, de un modo que ya resulta un tanto enternecedor, si la transición ha terminado. Es como si un joven se diera cuenta a los quince años que ha entrado a la adolescencia y, quince años después -en su caso, una vida completa- todavía se estuviera preguntando si aún se puede considerar un adolescente.

Bueno es tomarse las cosas con calma, pero ninguna nación se demora tanto en pasar de un estado a otro. ¡Incluso la independencia nacional demoró la mitad de este tiempo! Por eso es que ahora aparecen retos nacionales de nueva factura, que son hijos de la democracia y no lastres de la dictadura.

Si se necesita cambiar la forma de hacer política, la única manera posible de proceder es comprometiendo a parte de los ciudadanos, que se interesan en lo público y que hoy no se sienten cómodos con los partidos. Que los que no están, estén.

Esto quiere decir que se hace una apuesta, desde el inicio, por hacer un llamado amplio a los ciudadanos de excelencia, esperando una respuesta de suficiente envergadura como para producir un cambio.

Tras una acción como ésta, se encuentra un diagnóstico que es, en realidad, una voz de alerta. Se considera peligroso, para la democracia, la creciente desconexión entre la política partidaria y la vida cotidiana de las personas. No se trata propiamente de una crisis, si no de un estado general de pérdida de sensibilidad. Algo de suma importancia está aconteciendo, y, sin embargo, ningún partido, por sí sólo y aislado, es capaz de enfrentarlo.

Ello no ocurre porque este mal de la democracia no exista, si no porque todos lo tienen. Cuando todos se alejan al mismo tiempo de la sensibilidad ciudadana, nadie actúa, puesto que no hay quién se sienta en desventaja respecto del resto. Se pierde el sentido de urgencia. Se pueden posponer las acciones correctivas. ¿Para qué darse la molestia de enfrentar a los amigos, cuando ya con los adversarios nos basta y nos sobra?

Porque esto es lo que sucederá si nos decidimos a actuar. A los adversarios se los enfrenta siempre, pero rara vez ponemos en tensión las apreciadas relaciones con nuestros cercanos y aliados. Se requeriría desarrollar lo que ex Canciller alemán Willy Brandt llamó una vez (lo recordaba hace poco Günter Grass) esa actitud de “valor ante el amigo”.

Sólo que a veces no hay alternativa. Puede que llegue un momento en que ya no nos baste con compartir opiniones políticas. Desearemos compartir comportamientos políticos dignos del momento que se vive. Puede que ese momento haya llegado.

Así que nos vamos a meter en problemas “gratis”. En verdad, no era necesario. Vamos ganando y nos va bien. Pero no se trata de eso.

Se trata de una incomodidad de la peor especie, que no nos deja tranquilos. Es un malestar ético que nos viene de dentro. Sabemos que de seguir así tendremos todo, excepto la razón de ser de incorporarnos a la vida pública. Nos seguiremos moviendo, pero ya no estaremos vivos. Por eso nos meteremos en problemas: por puro sentido de supervivencia.

La traducción política de la esperanza

Algunos consideran que una campaña presidencial ciudadana, es aquella que limita la presencia de los partidos en su interior. Esta restricción no tiene mucho sentido.

Los partidos deben aportar cuanto tienen al propósito común. Pero puede suceder que su presencia no sea la misma en las más variadas actividades sociales, por lo que a éstas se les debe dar cabida por derecho propio. Lo que se busca es la conexión política de la ciudadanía, cuando ello es pertinente y beneficioso.

Por lo demás, se trata de que los partidos se renueven -y con ellos, la política-, no que desaparezcan. El punto de arranque estará, no obstante, en el inicio del próximo Gobierno.

Para entonces, ya no bastará con las buenas intenciones. Se necesitarán cursos de acción afinados y listos para entrar en operaciones. Desde la partida, después será tarde.

A no dudarlo: éste es un propósito muy exigente y requerirá de la generosidad de muchos y muchas. Nadie dijo que dar respuesta a una esperanza fuera fácil.