viernes, septiembre 30, 2005

El paso desde el carisma a la Presidencia

El paso desde el carisma a la Presidencia

Bachelet comenzará a depender cada vez más del buen ejercicio de su liderazgo que de la pura exhibición de su carisma. Hay que decir que mal no le ha ido en este terreno. Ha ido adquiriendo la actitud.


Lanzados en el tobogán

Hay un momento en las campañas a partir del que ya no cabe enmendar rumbos. Las apuestas están echadas y sólo queda seguir hasta el final, por la línea que se escogió. Hemos llegado a ese punto.

Desde ahora, cada cual podrá hacerlo mejor o peor, puede tener aciertos tácticos o cometer errores en la ejecución de las acciones programadas. Pero nada más.

Cada quién se encuentra lanzado en un tobogán, en el que no es posible detenerse, hacer giros bruscos ni, menos, echar pie atrás. A poco de tomar el impulso decisivo, cada quien puede evaluar la trayectoria propia y ajena, y calcular como terminará todo.

La última encuesta CEP nos entrega una valiosa información que detecta, en la partida, las tendencias incipientes que luego adquirirán plena forma con el correr de las semanas.

Un primer dato significativo se detecta al comparar la evaluación positiva o negativa de las principales figuras públicas. Casi todas las personalidades de la UDI por las que se pregunta, retroceden en aceptación y aumentan en rechazo. No mucho, pero sucede.

En cambio, los personajes de RN, por lo general, aumentan su aceptación y, sobre todo, disminuyen su rechazo. Como varios de ellos se presentan en la competencia parlamentaria, no es difícil saber quiénes están acumulando puntos a su favor.

Pero si esto se insinúa a nivel de partido, la comparación llega a ser impactante en el caso de los candidatos presidenciales de la oposición. Se ha destacado, con razón, el hecho de que estos candidatos se encuentran en “empate técnico”. Sin embargo, eso no parece ser lo más significativo. Más que detectar el cambio en la intención de voto, lo que se aprecia es cómo está variando la apreciación de las cualidades de los personajes.

Impresiona, por lo consistente, la completa disminución de Joaquín Lavín en la evaluación de sus capacidades como líder. Simplemente, ha dejado de encantar a su potencial electorado, y, en forma creciente, genera disgusto entre los que -una vez- estuvieron dispuestos a darle su respaldo.

Comparativamente, la situación de Bachelet es bien distinta, aunque también experimenta un cambio. Ella consolida un alto apoyo, un bajo rechazo y aventaja a sus adversarios como quien mejor podría enfrentar las principales tareas del país.

Pero, a medida que se aproxima a la Presidencia, y deja de ser vista y juzgada simplemente por su carisma, es observada con mayor criticidad por quienes le son políticamente más distantes. En cualquier caso, el reconocimiento de sus capacidades es, a igual fecha, mejor que el conseguido por Ricardo Lagos en su momento.

Adhesiones y simpatías

Un segundo dato significativo es que este cambio en la apreciación de los personajes públicos no está produciendo aún una modificación equivalente en la intención de voto.

Los candidatos de derecha se han aproximado mucho entre ellos, pero no porque le estén restando adhesiones a Bachelet. Lo que pasa es que hay una transferencia de uno a otro, pero no un crecimiento neto. Bien puede ser que Sebastián Piñera termine por sobrepasar a Lavín el día de la votación, pero el candidato gremialista no se va a desfondar así como así.

En otras palabras, bajan los grados de desconfianza que genera el candidato de RN, sin vencerlas por completo. De hecho, no hay aspirante a la Presidencia que pueda ganar sin conseguir el respaldo de las mujeres y de los sectores populares, y allí Piñera es el más débil de los tres candidatos principales en estos sectores.

Por eso se puede decir que no gana en adhesión. Más bien lo que consigue es una predisposición a aceptarlo. Es decir que su esfuerzo quedará a mitad de camino, y sobre esto hay una plena conciencia.

En esto radica toda la diferencia. Cuando se terminen de contar los votos, la situación será muy distinta en los comandos. Lavín habrá llegado exánime al fin de la campaña y, con ello, el término de su carrera política pública. Habrá hecho un papel digno, habiendo evitado lo peor, pero tendrá (ya tiene) la certeza de que no puede seguir. Además, su partido habrá perdido posiciones y buscará (ya busca) un nuevo liderazgo para remontar o para revertir el mal momento.

En cambio, Piñera se prepara para una “derrota dulce”. No habrá ganado, pero se sabrá en alza. Sentirá que ha terminado una etapa, pero que de inmediato se inicia otra, que será para aquel líder que marque presencia desde el primer día y que llene el vacío dejado por Lavín. Y no piensa dejarle su cupo a otro, menos después de tanto esfuerzo.

En otras palabras, de la campaña electoral se pasará a otra de opinión pública, pero no dejará de estar en campaña.

El caso de Bachelet, como sabemos, es bien distinto. El electorado que la apoya ha ido consolidándose. También se ha ido sincerando, en la medida que la derecha vuelve a tener una candidatura con ánimo competitivo.

No todo el que la aprecia necesariamente la respalda.

Con Bachelet la Concertación se confirma como una mayoría sólida. Pero no puede esperar que se produzca una especie de huracán político que barra con la derecha, entregue muchos doblajes parlamentarios, y que, además, se reduzcan al mínimo las resistencias al nuevo Gobierno. Nada de esto va a suceder.

En realidad, lo que ocurre es que Bachelet comenzará a depender cada vez más del buen ejercicio de su liderazgo que de la pura exhibición de su carisma. Hay que decir que mal no le ha ido en este terreno.

Los “rostros viejos” son “rostros pálidos”

Como se puede apreciar, la candidata ha ido adquiriendo la actitud presidencial, se le da crecientemente el trato correspondiente a ese rango -ya por anticipado-, y se ve que tomar decisiones le gusta.

Todo bien. Y, sin embargo, no hay que dejar de lado las precauciones. La derecha está dividida. Eso le trae muchas desventajas, excepto una: cada candidato presidencial está completamente integrado al trabajo de sus postulantes al Congreso.

Bachelet lidera una coalición que compite a nivel parlamentario. Para el reconocimiento de su conducción, requiere de la colaboración y el apoyo que logre bajo estas condiciones. Y me refiero a la colaboración de todos.

Así, importa mucho concentrarse en los desafíos de hoy, donde cada cual tiene cabida y debe sentir que la tiene.

Tal vez por una reacción explicable (las dudas iniciales de la cúpula política sobre sus capacidades), Bachelet ha marcado insistentemente su decisión de incorporar caras nuevas, equiparar la presencia de mujeres en la dirección del Estado y de que “nadie se repita el plato”.

Muchos y muchas estarán contentos de que ello ocurra. La renovación política es un anhelo ampliamente compartido. Pero entre los “caras viejas”, la alegría brilla por su ausencia.

Es sorprendente la cantidad de personajes influyentes que está hablando hoy de sí mismo, y de sus pocos deseos de continuar en su puesto o en otros. La autorreferencia campea como nunca. Más de uno se sentirá injustamente tratado a priori. Algo bien humano y que ocurre.

Pero, ¿es necesario acumular resistencias internas desde ya? Un trato tan genérico, ¿no elimina los necesarios matices a tomar en cuenta en un grupo tan amplio y heterogéneo?

Por lo general, los excluidos no suelen ser colaboradores entusiastas. Ya no cabe duda sobre dónde reside el liderazgo y quién tomará las decisiones. No parece necesario seguir insistiendo en el punto. Los candidatos integran, los presidentes optan. Cada cosa a su tiempo.