viernes, junio 17, 2005

La guerra sucia: los enemigos de la democracia

La guerra sucia: los enemigos de la democracia


Quizá alguien se considere astuto para enlodar la campaña, cultivando la sospecha en el pasado de Bachelet. Hay algo que no se puede perder de vista. De la mirada al pasado, la derecha nunca ha salido bien.


Víctor Maldonado



Un ex policía corrupto investiga a una candidata presidencial, junto a su pareja urdía el desprestigio de la abanderada desde un comando opositor, sin conocimiento del resto, según se ha dicho. Las reacciones de estudiado escándalo se adelantan a cualquier situación a investigar. Las descalificaciones entre los representantes de las diferentes candidaturas se suceden. Es lo que se llama la “guerra sucia” en política y representa su lado más oscuro y repudiable. Es una guerra contra la democracia.

En un sistema de convivencia pacífica se compite fuerte y se busca convencer sobre las virtudes de una propuesta y de la idoneidad de aspirantes a representar a los ciudadanos desde el poder político.

Se trata de poner a disposición de los ciudadanos un proyecto de bien común en competencia con otros proyectos igualmente legítimos. Se propone, no se impone. Es el ciudadano quien decide sobre la base de sus preferencias, sus necesidades y anhelos y es el llamado a ponderar lo que escucha.

En una democracia sana, escoge entre alternativas transparentes. Pero se escamotea este derecho con intentos deliberados por divulgar información distorsionada que desprestigie a un contendor, sembrando la sospecha sobre su conducta, queriendo conseguir su descalificación ética antes de llegar a las urnas.

Es el eterno juego de los manipuladores, que nos dice tan poco sobre sus víctimas y tanto sobre ellos mismos.

Uno sabe que este tipo de personajes está operando porque el debate pasa del análisis de proposiciones a la suposición de intenciones, de la crítica de ideas al ataque a las personas mismas, del diálogo en positivo se transita a desacreditar adversarios. Es el sistema de convivencia el que se empieza a deteriorar sin que nadie sepa cómo.

Las guerras siempre tienen generales

Los que importan no son los operadores de la manipulación. Son los soldados de esta guerra, pero donde hay soldados hay también generales y estos son lo que deciden (en este caso, desde las sombras) las acciones a emprender. Los operadores ejecutan y mientras más alto apuntan, más importantes son quienes los han movilizado.

Quizá alguien se considere astuto para enlodar la campaña, cultivando la sospecha en el pasado de Bachelet. La radio Kyoto pasa ahora a ser libro. Esta manera de competencia quedó anulada. No porque puedan dejar de intentarlo en el futuro, sino porque, precisamente, hemos quedado advertidos de que tal cosa puede suceder. Pero sin contar con la sorpresa inicial, no es lo mismo.

Sabemos cómo responder. No se responden las acusaciones que “casualmente” aparecen en un momento crítico. La mirada se centra en develar el tinglado que requiere que la ponzoña llegue al libro, reportaje, grabación o lo que sea.

Si detrás hay una operación de inteligencia, lo que menos importa es ocuparse del producto preparado. Lo que importa es la plena identificación de la red, quién la financia y desde dónde opera.

Los sembradores profesionales de cizaña surgen cuando no se puede ganar en buena lid, puesto que nadie llegaría a tales extremos si pudiera vencer recurriendo al juego limpio.

Pero no está en esta confesión implícita lo más dañino. Lo peor de los manipuladores es el enorme desprecio que muestran por la gente y la arrogancia infinita de creer que pueden conducirla hasta donde se desea. Por eso, no es el problema de una candidatura. El objetivo circunstancial es Bachelet, como antes pudo ser un opositor y mañana se verá. No importa el atacado, sino el atacante.

Los insensatos se alegran cuando estos ataques se dirigen a otros y no a ellos. Tarde o temprano les llega el turno. Los demócratas deben proteger la democracia de sus enemigos.

El auténtico debate

Hay algo que no se puede perder de vista. De la mirada al pasado, la derecha nunca ha salido bien. Cada vez que intenta señalar con el dedo qué hicieron los opositores durante la dictadura, vuelve a recordar a todos lo que la dictadura fue y lo que hizo.

A fin de cuentas, no fue el conflicto lo que primó en Chile. El pasado se mira desde la paz recuperada y vivida. No quedamos atrapados en el dolor ni la violencia. La diferencia de nuestro país es que aquí no se grita por venganza si no que se clama por justicia. Por eso es tan poco lo que se puede conseguir optando por ese camino.

Distinto es el uso de recursos legítimos de campaña. Así, por ejemplo, las candidaturas de derecha pueden realizar emplazamientos políticos y pedir definiciones. Distinto es decidir cómo se les contesta.

Desde la derecha se gusta definir a Bachelet como “candidata ausente”, preocupada de mantener su popularidad y sin posiciones. Claro, una cosa es que lo digan, otra que lo crean y una tercera que les convenga transmitirlo. Están tratando de definir una pauta para la candidata de la Concertación. No se puede permitir. La definición de la agenda lo que les permite a las candidaturas avanzar y ganar posiciones.

Con pleno conocimiento de esto, la oposición prepara eventos paralelos muy vistosos para del lanzamiento oficial de sus dos campañas. Bien pensado, puesto que pretenden fijar un punto de partida mediático que mejore el estado de ánimo, ordene acciones y ponga temas en el debate. Ante el ordenamiento de los adversarios, la Concertación debe hacer un giro equivalente. El único lujo que el conglomerado no se puede dar es condicionar la estrategia de su campaña y la movilización de sus partidarios a la negociación parlamentaria.

Demora mucho, es elitaria en extremo, acentúa intereses partidarios, deja a los adherentes de brazos cruzados y pone a su abanderada en un lugar demasiado discreto. La campaña consiste en convencer a la gente -no a la derecha- de ser la mejor opción de gobierno.

La Concertación está unida, la propuesta central se puede sistematizar mejor, las acciones pueden ganar en envergadura y los diálogos ciudadanos en profundidad. Es el momento para un nuevo punto de partida.