viernes, noviembre 12, 2004

La Concertación no se puede confiar

La Concertación no se puede confiar



Las posibilidades de que la Concertación gane la próxima elección presidencial no tienen que ver con el hecho de que la derecha esté golpeada por el resultado de la elección municipal. No deben depender de lo que ocurra con la oposición.

Es probable que la derecha aprenda de sus propios errores, que tan caro le acaban de costar. Es decir, que no repetirá el fácil triunfalismo, que dejará de pronosticar con el corazón en vez de con la cabeza, que dejará de ser nula en materia de proposiciones y que intentará mejorar el trabajo en equipo.

El éxito de la Concertación lo determinará si atrae o no la adhesión y el entusiasmo de la mayor parte de los ciudadanos. Para esto requiere trabajar más en el mismo sentido que hasta ahora: “Uno, todos y a tiempo”. La Concertación confluyó en cada comuna en el apoyo a un solo candidato a alcalde; cada uno de ellos fue apoyado por todos los partidos; y los candidatos fueron presentados a tiempo para que pudieran competir. No le fue bien donde no logró aunar esta trilogía.

Pero en la confianza está el peligro. Sentirse con tiempo es un error porque este también es aprovechado por la oposición. ¿Para qué perder la ventaja y esperar que el adversario se recupere? Se dice que se pueden tomar las cosas con calma, porque los resultados municipales son muy buenos. Tal vez se olvide que los resultados municipales fueron muy buenos porque no se tomaron las cosas con calma.

Hace unos años, Lagos triunfó en las primarias de la Concertación y se aplicó la receta que ahora se quiere imponer. Los resultados no fueron tan estupendos como para repetir la experiencia. Adelantarse en hacer la mejor política posible ha dado ventajas perceptibles al conglomerado de gobierno.

Los espacios políticos no se llenan con música ambiental. Detener el esfuerzo para dar cabida a las necesarias negociaciones entre partidos, suena bastante racional. Pero no considera más de un aspecto humano que entrará a batallar en estos días.

En la derecha, el entorno de Lavín va a intentar ahora nada menos que “el rediseño del rediseño original” para remontar. Pero le será difícil superar el desánimo, que se mantendrá si la Concertación no entra a una pugna interna sin limitaciones.

La oposición permanece unida por la expectativa de triunfo presidencial, no por sus lazos fraternos ni el irrefrenable impulso de Piñera y Longueira por trabajar en conjunto.

En la medida de que esas expectativas se tornan más difusas, Lavín pierde su capacidad de aglutinar sectores en pugna. Las críticas internas menudean. Es cierto que los errores cometidos no se detienen en lo episódico, en las responsabilidades de los candidatos o en factores de contexto. Tienen que ver con el diseño mismo de la estrategia asumida, es decir, son responsabilidad de Lavín. Por esto, el alcalde de Santiago no sólo tiene menos votos, sino que menos confianza entre quienes lo siguen.

Si la Concertación no trastabilla, se sabe lo que ocurrirá al frente: volverán a predominar los intereses partidarios y la pugna por asegurar espacios en el Congreso. Algunos creen que se prepara el cambio de candidato presidencial. Se equivocan. No se puede menospreciar la capacidad de recuperación de Lavín. Sabe perfectamente cuales son sus errores y tiene tiempo para enmendarlos. Por esto, la próxima campaña será muy diferente de la anterior.

Además, los adversarios internos de Lavín serán los más interesados en mantenerlo. Cambiar al candidato es una confesión de derrota anticipada. Todo aquel que quiera reemplazar a Lavín tiene que esperar a que gane o pierda, pero que tenga su segunda y definitiva oportunidad. Si la UDI quema su única auténtica carta presidencial, la situación sufriría un vuelco dramático, porque las cartas de reemplazo están en RN, cosa que los de Renovación saben.

No faltan tampoco los que consideran que Longueira sería mejor candidato que Lavín. Esta sí que es una equivocación importante. No se es líder de lo que sea y para lo que sea; hay vocaciones y aptitudes distintas. Los méritos partidarios se reconocen al interior de los partidos. Los méritos presidenciales se aprecian de cara a la ciudadanía. No se canjean ni se cambian en ninguna ventanilla.

Uno puede tener un presidente de partido desagradable, pero no un candidato presidencial, si quiere que le vaya bien. Hay quien en el microclima partidario logra arrancar aplausos, pero que a campo abierto sólo logra que la gente arranque. Lo mismo que es bueno adentro, es malo afuera.

Longueira es tan furibundamente UDI, que ni los de RN lo logran tragar bien (en estricto rigor, son los que menos lo pasan). Candidatos como él lograrían que muchos en la oposición se plantearan seriamente la posibilidad de votar por la alternativa. Despiertan fuertes adhesiones, pero no menos intensos rechazos.

Los buenos candidatos presidenciales son, en cambio, la mejor opción o la segunda mejor opción de muchas personas. Más allá de las barreras partidarias, su nivel de rechazo en la ciudadanía es bajo.

Pero para ganar una elección presidencial hay que mirar más allá de los partidos y más allá de la derecha. La Concertación ganará si se empeña en representar a la mayoría, es decir, si presenta a quien los ciudadanos quieren votar y muestra cómo la democracia se puede expandir en los próximos años.