viernes, septiembre 17, 2004

La Concertación es más amplia

La Concertación es más amplia



Una de las maneras de perder el tiempo es enfrascarse en una discusión en la que todos están de acuerdo y azuzar polémicas extrañas.

Los partidos le recuerdan al gobierno que su rol no es definir candidaturas presidenciales, mientras le piden al Presidente que intervenga más en la campaña. Al mismo tiempo, el gobierno le pide a los partidos que no adelanten la carrera presidencial, pero que resuelvan pronto cómo van a escoger a la persona del abanderado.

Si alguien considera que esto no es suficiente, no faltan las polémicas que responden más al orgullo herido que a algún tema de interés nacional. Mucha agitación en la superficie, pero poco que rescatar.

El gobierno sabe que su responsabilidad es gobernar y que, aunque quisiera, no podría reemplazar a los partidos. Y siempre pedirá que estos cumplan cabalmente con sus funciones, en las que son insustituibles. Los partidos de la Concertación saben cuales son las decisiones que tienen que tomar, y que -aunque quisieran- no pueden transferir ni delegar. Conocen los puntos críticos de la campaña. Pero preferirían que no se les recordara por la prensa, con detalles incluidos.

No todos están interesados en el debate menudo. Unos y otros saben que se enfrenta una elección indisolublemente ligada a la definición presidencial, que son los partidos los que toman la primera decisión, y que no pueden decidir cualquier cosa. En muy poco tiempo hay que enmendar los errores y no reincidir en ellos.

El mayor acceso ciudadano a la información permite que la política sea premiada cuando se practica en buena forma y castigada cuando los líderes cometen errores. Por esto, lo que se verifica en las urnas es sensato y explicable. Nunca es producto de la casualidad o de la mala suerte. Puede ser ingrato escucharlo, pero donde los cálculos partidarios predominaron sobre las preferencias ciudadanas, los resultados no serán los mejores. Cuando el candidato excluye a los que no son sus amigos cercanos ni pertenecen a su partido, nadie puede impedir la derrota, porque esta es llamada a gritos.

En una campaña no sólo hay que contar; también hay que sopesar. En algunos casos, se hará todo bien: el candidato será abierto, cercano y propositivo, pero no le alcanzará para ganar. Esto ocurre cuando se parte con demasiada desventaja, con recursos muy desiguales o se enfrenta a un adversario meritorio. En estos casos, se puede perder, pero quedar en muy buen pie. Si se es capaz de mantener presencia, en la próxima el triunfo será completo.

La Concertación gana cuando consigue que sus virtudes predominen sobre sus defectos, cuando no cae en la mediocridad, es decir, en las prácticas que le otorgan virtudes mágicas a la “muñeca”, a la habilidad táctica y a la astucia, y deja de tomar en cuenta la calidad de lo que se hace, la profundidad de las propuestas, la formación de líderes y militantes.

Son mediocres quienes dicen preocuparse por la poca participación de los ciudadanos, pero se asustan cada vez que se les consulta. A quienes hacen esto les gusta la democracia protegida, porque al limitar el acceso a las decisiones se protegen a sí mismos de ser desplazados. Se les reconoce fácilmente. Cada vez que se propone abrir el arco de consultas, encuentran con más facilidad los obstáculos que los procedimientos que lo facilitan.

Todo esto existe. Pero la Concertación es más que sus defectos y sus “defectuosos”. Esta campaña será -al mismo tiempo- una derrota de la mala política y una demostración estimulante de hasta dónde se puede llegar cuando se consigue el acercamiento con los ciudadanos.

Se lo puede decir de muchas maneras, pero lo cierto es que el proyecto de país incluye la idea de construir una democracia protectora, construir una sociedad donde los más débiles puedan ejercer sus derechos, acceder a los beneficios que la sociedad es capaz de producir, donde son respetados, considerados, aceptados y tomados en cuenta. Para eso se está en la política. Y, aunque resulte hasta obvio recordarlo, la Concertación gana cuando es coherente y pierde cuando pareciera estar manipulando.

La democracia se expande con la participación. Sólo en democracia la mayoría hace sentir su presencia y lo más débiles pueden expresar sus preferencias.

En las encuestas se puede saber quienes se identifican con la Concertación. Entonces, ¿por qué no preguntarles quiénes están dispuestos a participar en la decisión respecto del postulante a la Presidencia el 2005? Si resultan ser cientos de miles, ¿por qué impedirlo?, ¿por qué reemplazarlos en la decisión?

Los resultados municipales no serán decisivos como esperan numerosos dirigentes políticos. La Concertación ganará en votos y en número de representantes populares, pero la derecha estará más cerca que lejos. Las cifras no “hablarán por sí solas”. Se requiere resolver bien y rápido, de un modo que resulte comprensible para los ciudadanos: menos cálculos y más democracia.