viernes, junio 27, 2008

El Gobierno en tiempos de competencia

El Gobierno en tiempos de competencia

Víctor Maldonado

Se dice que la Concertación ha sufrido un desgaste por el hecho de estar en el Gobierno. El remedio sería abandonar el poder para “recuperarse”. Eso es falso y la peor manera de mirar el escenario.


De pato cojo a pato corredor

Sé que siempre se espera un rápido declive de la influencia de un Gobierno corto precisamente cuando dobla la curva de sus dos últimos años. Pero puede que esta concepción previa tenga que revisarse debido a la inexperiencia que tenemos en gobiernos de cuatro años de duración. Las cosas están sucediendo de un modo diferente al que se anticipaba.

Cuando la competencia política arrecia y los conflictos políticos de todo calado se presentan a cada rato, es necesario que haya un centro firme que garantice gobernabilidad y estabilidad.

Son las competencias de todo tipo las que le dan al Ejecutivo una oportunidad de acrecentar su protagonismo.

La existencia de una fuerte competencia interna en la coalición de Gobierno, durante la elección municipal, unido a la falta de una buena evaluación pública conseguida por la oposición en el mismo período, bien pueden hacer que el Gobierno sea, en lo que resta de la administración, mucho más que un espectador de los actores en conflicto.

La generación de logros siempre tendrá audiencia, aun cuando las noticias políticas se concentren cada vez más en los candidatos presidenciales y la acción de sus comandos. Esto no es la primera vez que ocurre. Se recordará que los mejores años de la Presidencia de Ricardo Lagos no fueron los primeros sino los últimos.

Si la administración de Michelle Bachelet se convierte en un generador de certezas y de seguridades, de buen manejo de situaciones críticas y adecuada conducción del cumplimiento de su programa y promesas electorales, entonces puede ser el factor de unidad y confluencia que el sistema político requiere, durante el turbulento período en el que nos adentramos.

Ciertamente, el Ejecutivo ha tenido un buen resultado en la última quincena. Consiguió aprobar un conjunto de iniciativas legislativas que resultaban absolutamente claves para validar su imagen pública. Bachelet se jugó su capital político en el respaldo a la Ley General de Educación (LGE), consiguiendo una amplia confirmación de su liderazgo por el alineamiento de su coalición.

Por cierto, no se trata de hacer estos gestos a cada rato. En el futuro, el empleo de mejores procedimientos previos puede restarle dramatismo a situaciones como las ya vividas. Los buenos resultados no requieren del nivel de tensión que ha requerido esta trabajosa y exitosa conclusión.

Aumentar apoyo tiene requisitos

Por supuesto, nada de lo conseguido es fruto de la casualidad o el azar. Tal parece que sólo ahora la administración de Bachelet ha conseguido una madurez suficiente como para lograr un eficiente trabajo de equipo. No es que los errores hayan estado ausentes. En absoluto. Pero aún tomando en cuenta todas las críticas válidas recibidas, lo cierto es que estamos en presencia de una labor colectiva coordinada, bajo liderazgo presidencial, que confirma una muy lenta tendencia a cimentar apoyo.

Pero para que el Gobierno consiga una influencia política creciente, se requiere implementar muchos cambios y ajustes de fina sintonía. Si hasta ahora el Gobierno ha tenido éxito, ha sido porque ha cometido menos errores que la oposición, pero no necesariamente porque sea un dechado de virtudes.

En realidad, a ambos lados de la cancha los desaciertos y autogoles no han estado ausentes del comportamiento observado. Lo acertado, no obstante, es aportar a los aciertos, no a la simple ausencia de errores.

Para consolidar sus recientes éxitos, el Ejecutivo debe mantener una línea que signifique aprender de sus actuales deficiencias.

El Gobierno depende de su capacidad de concentrarse en las tareas nacionales que tiene a su cargo. Por lo general, el oficialismo acierta siempre que muestra lo que hace, y siempre se mete en problemas cuando sus personeros de dedican a hacer comentarios públicos sobre temas laterales o inapropiados.

En relación con su coalición, La Moneda y los ministerios no pueden inmiscuirse para nada en la competencia territorial entre partidos que, por igual, constituyen su base de apoyo. Cuando todos son necesarios, no existen favoritos.

Por eso, la mejor forma -y la única apropiada- en que el Ejecutivo puede participar de la campaña es cumplir con su labor propia, bien y a tiempo. Si ejecuta su programa, entregará un apoyo válido y efectivo a los candidatos locales que la respaldan.

El Gobierno es la casa común de toda la Concertación y así debe mantenerse en forma permanente, sin dejar espacio para dudas. Hay que recordar que éste es sólo el primero de dos años electorales, y hay que dar garantías de juego limpio a todos los sectores políticos.

Por otra parte, es por completo claro que el oficialismo debe mejorar el trabajo cooperativo con sus bancadas parlamentarias. No es nada fácil buscar acuerdos con la derecha y obtener, al mismo tiempo, consensos representativos de la Concertación, pero una cosa no funciona sin la otra.

No siempre se han de repetir los mismos procedimientos para conseguir iguales resultados. Hay modos de proceder que se agotan y es bueno darse cuenta de ello a tiempo.

El buen trabajo de equipo conseguido hasta ahora por el oficialismo requerirá de innovación y de capacidad de adaptarse a las circunstancias políticas generadas por sus propios triunfos anteriores.

El Gobierno debe circunscribir su agenda parlamentaria a aquella estrictamente necesaria para cumplir lo prometido ante los ciudadanos. Tiene que participar de las discusiones parlamentarias de primer orden, pero no puede incorporarse a una contingencia ya muy recargada de todo tipo de conflictos de envergadura muy desigual.

Por último, a todo gobernante le gustaría hacer mucho más de lo que puede. Pero intentarlo todo es perderlo todo. Hay que saber concentrarse en lo fundamental para tener la certeza de que se lograrán las grandes iniciativas en las que se embarca.

La teoría del desgaste

En pocas palabras, el oficialismo puede ir ganando en apoyo, adhesión y capacidad de ejecutar iniciativas en sus dos últimos años. Lo puede lograr si se concentra en sus tareas y nunca pierde de vista que el respaldo social lo ha de conseguir de la ciudadanía y el respaldo político de su coalición.

Los que no lo creen posible, se dejan ganar por un prejuicio. Se dice, por ejemplo, que la Concertación ha sufrido un desgaste por el hecho de estar en el Gobierno. El remedio sería, por supuesto, abandonar el poder para "recuperarse" del dañino ejercicio del mando. Eso es falso y la peor manera de mirar el escenario político.

Lo que se puede observar del conjunto de las organizaciones partidarias más conocidas es que ninguna de ellas se ha fortalecido en los últimos años. Algunos están más ordenados que otros (el PS, para nombrar uno), otros tienen un incentivo especial por ver la posibilidad de llegar al poder (RN) y por eso cuidan mucho lo que dicen. Pero ninguno ha acumulado una notoria ventaja en relación al resto en cuanto a renovación.

Los problemas de los partidos tienen mayor o menor énfasis, pero no excepciones. Todos presentan problemas de disciplina. Cada cual ha tenido que lamentar faltas a la probidad en algunos de sus integrantes, en cada caso se puede observar la concentración del poder interno en pocas manos, etc.

Por eso se puede afirmar sin titubeos que no es el lugar donde uno se haya lo que evita los problemas, sino que son todos males que les vienen a los partidos desde dentro y no desde el contexto en el que se desenvuelven.

No se es probo por estar en la oposición ni corrupto por estar en el Gobierno. No se tienen más ideas, iniciativas o buenas intenciones sólo por haber ganado o perdido una elección.

Lo cierto, en todo caso, es que el poder hace daño si no se lo ejerce a plenitud, en forma correcta y uniendo lo que se promete con lo que se hace. Por eso, la Concertación depende de sus obras para ganar nuevamente el apoyo popular. Ni más ni menos.