viernes, mayo 26, 2006

Anclados en el presente, mirando el futuro

Anclados en el presente, mirando el futuro

Las demandas de los jóvenes son hijas legítimas de lo que critican. Quieren intervenir la reforma educacional y ella fue pensada para que ellos fueran protagonistas.

Víctor Maldonado


Lo que no sucedió

Los gobiernos que generan certezas son buenos gobiernos. El mensaje del 21 de mayo fue pródigo en anuncios concretos y posicionamientos importantes, lo que respondía a las expectativas previas. Pero, sobre todo, el discurso estableció lo que la Presidenta Michelle Bachelet quiere conseguir y cómo es que pretende lograrlo. Esto es lo que se le puede pedir a una intervención de estas características; en este sentido, se le puede clasificar entre aquellos que han tenido mayor éxito.

Muchos aspectos son discutibles en cualquier mensaje presidencial a la nación; además, adopta un formato que difícilmente puede llenarle el gusto de todos. Pero ahí no está lo central.

Lo decisivo es que no hay Gobierno que se ordene sin énfasis. Bachelet destacó cuatro tareas de país (“transformaciones”) y ya sabemos que el estilo consiste en hacer lo que se dice. Hasta el más lerdo ha podido entender que es eso lo que se hará.

No hay que perder la capacidad de asombro. Lo cierto es que pudimos tener un mensaje presidencial completamente diferente.

A estas alturas, podríamos estar obsesionados por la comparación con el ex Presidente Lagos. Podríamos estar en la cuestión la autoridad de la Presidenta. La Concertación bien pudo haber alabado las intenciones de la Mandataria, pero poner en duda su implementación práctica. La derecha era de esperar que pusiera en la agenda alguno de sus temas.

Todo esto, por decir algunas de las cosas obvias que pudieron estar siendo debatidas en estos días. Y lo que sucedió no tiene nada que ver con eso. Con ello, queda demostrada la enorme distancia que ha cruzado Bachelet en un espacio de tiempo muy limitado.

El discurso de Bachelet dejó anclado al país en el presente y le abrió una ventana al de cuatro años más.

La primera Presidenta de Chile gobierna sin fantasmas, con estilo y personalidad propia con sus énfasis y sus prioridades.

Que la recepción pública del discurso fue buena está fuera de dudas. Y eso se puede saber por el tipo de crítica que ha motivado.

La crítica no tocó el fondo

Tenemos a la vista la reacción opositora. Se sabía que este sector político ha estado sumido en una fase de depresión y desconcierto. Pero hay que decir que, en esta oportunidad, logró superar todavía más las honduras a las que había llegado. Me refiero a la actitud colectiva, con las conocidas excepciones personales. Porque de lo que fuimos notificados es de que la Alianza es un concepto, pero no es una realidad.

Unos dijeron que los anuncios habían sido pocos y otros que eran excesivos; unos que no había carta de navegación, pero no pudieron responder las preguntas sobre qué eran entonces las cuatro transformaciones y áreas privilegiadas de trabajo gubernamental; unos persistieron en repetir la pauta previa que se les preparó (aun cuando sabían que había quedado bastante superada por el discurso presidencial) y otros se alegraron sinceramente por lo escuchado.

Por lo mismo, no se puede tratar a la oposición ni a sus partidos como bloques. Bachelet se atrevió a hacer un llamado a realizar tareas de interés nacional superando banderías. Algunos reaccionaron con extraordinaria generosidad, otros se quedaron en las consignas y prefirieron no hacer ningún caso de lo que acababan de escuchar.

Al planteamiento de fondo nadie contestó. Se dijo que Chile necesita un nuevo sistema de previsión social, que requiere poner el acento en la educación preescolar; que necesita mejorar fuerte en innovación y emprendimiento; se apostó a establecer una mayor calidad de vida en las ciudades. Se escogió por más protección social, por lograr mayor prosperidad, mientras se cuidaba de tener un país integrado y con una vida mejor para sus habitantes. Ésta es la médula de lo planteado y no hubo quién la contradijera.

Ante esto, la oposición ha quedado desconcertada. La derecha se preparó con anticipación para responder a lo que suponía iba a ser el mensaje y no supo acertar. La distancia entre lo esperado y lo que se produjo muestra que la oposición sigue en el desconcierto que contrajo desde su derrota presidencial, del que no ha salido en ningún momento.

Esta percepción es tan fuerte que da la sensación de pérdida de brújula. Tanto es así que, desde la UDI ¡se acusó al mensaje de “cosista”! Algo que, en algún momento, fue presentado como motivo de orgullo del gremialismo, cuando se lo aplicaba a sí mismo.

Más todavía, Sebastián Piñera predijo que el actual Gobierno mantendría la iniciativa en los primeros días de gestión pero que, una vez que se empezara a demostrar que las metas que se había propuesto en lo inmediato no iban a ser conseguidos, se pasaría a tomar la iniciativa.

Al día de hoy, las voces de interés se presentan en los movimientos sociales, en especial los estudiantiles. Pero en lo que dice relación con la derecha, es claro que ha abandonado el primer plano.

En efecto, lo que debía acontecer a estas alturas es que una falta de liderazgo en la conducción central del Gobierno abriría la brecha por la cual se podía entrar con propuestas conjuntas, con partidos fortalecidos y con una desilusión ambiente que diera ánimos a la oposición, aunque sea por reflejo.

Pero lo que ha pasado es que los desconcertados, los no fortalecidos y los que no han ido variando su estado de ánimo en nada son los mismos opositores. Nadie los ha ido a buscar a sus casas para cubrir un déficit fundamental, simplemente porque este déficit -siempre en comparación con la derecha- no se ha presentado.

El tiempo es elástico

Es curioso, pero se ha puesto tanto hincapié en el hecho de que éste es un Gobierno corto, que en realidad se está perdiendo de vista lo esencial. Porque en términos políticos, el tiempo es elástico. Además, no conocerá los términos medios.

Si este Gobierno tiene éxito, es decir, si las transformaciones que le propuso al país tienen una efectiva implementación y la vida cotidiana de los chilenos sufre un impacto significativo, es como si el tiempo se expandiera y el pasado -junto con sus preocupaciones y la mayor parte de sus personajes característicos- quedarán muy distantes de nosotros.

En cambio, si el Gobierno enfrentara serias dificultades en implementar la mayor parte de su agenda, si no se registran avances importantes y no hubiera impacto real en la vida de las personas, es como si el tiempo se comprimiera y el pasado hubiera transcurrido sólo ayer. Sus temas y personalidades se habrían tomado unas breves vacaciones.

Las diferencias políticas en ambos escenarios son notables. Como se ve, todo depende de cuán significativo sea lo que ocurra en estos años.

Por ello lo más importante para los liderazgos y para los partidos es decidir para cual de los escenarios alternativos se van a preparar y van a trabajar.

Si una apuesta partidaria no calza con el mapa político efectivo que se consolida en cuatro años más, lo que ocurrirá es que tendrá una fuerte pérdida de poder relativo. Por desubicación básica, tal como le ocurre a la derecha en estos días. Del mismo modo, si realiza la apuesta correcta y empieza a trabajar desde ya para ir al encuentro de un país aún no plenamente perfilado, entonces las ganancias políticas serán enormes.

Si tuviera que hacer una recomendación, lo haría al apostar a que el Gobierno de Bachelet establecerá un punto de no retorno. Quiero decir que es mejor para un partido visionario prepararse para el tipo de país se empieza a manifestar que quedarse pegado en cualquier punto de partida, sea actual o del pasado reciente.

Algunos sonreirán ante este planteamiento, viendo el devenir de las manifestaciones estudiantiles. Tal vez debieran prestar mayor atención. Las demandas de los jóvenes son hijas legítimas de lo que critican.

Quieren intervenir la reforma educacional y ella fue pensada para que ellos fueran protagonistas; vincula lo que les pasa con el interés del país y muchos soñaron para que llegara el día en que algo más que el interés inmediato se expresara en las voces nuevas.

Bachelet es producto de un despertar ciudadano, lo mismo ocurre con el movimiento de jóvenes. Pueden llegar a entenderse mejor y sería bueno para todos aplicarse a que ello ocurra pronto.

Perdonando la expresión, todo lo demás es secundario.