viernes, julio 03, 2009

La vía individualista al socialismo

La vía individualista al socialismo

Víctor Maldonado

Quien rompe con un partido descubre rápido que parte de su discurso queda fuera de lugar. No puede remitirse a las propuestas del conglomerado al que pertenecía sin que alguien entienda por qué es que se fue.


Los dos mensajes de una ruptura

Nada grafica mejor las características del momento político que las declaraciones del senador Carlos Ominami tras anunciar su salida del PS y la Concertación. Él señaló acto seguido a la renuncia doble que seguía siendo "más socialista que nunca" y que seguiría "apoyando lealmente el esfuerzo de la Presidenta, en particular todo lo que tenga que ver con la píldora del día después, con la protección social".

Da la impresión que no hubiera pasado nada importante porque, en lo sustantivo, todo seguiría igual en cuanto a las convicciones y la línea política. Pero algo dice que no puede ser tan sencillo cuando se rompe con una organización a la que había considerado bueno y necesario pertenecer por un cuarto de siglo.

El costo personal y político de romper un lazo de lealtad tiene dos implicancias claras: por un lado, se da una expresión pública del predominio de las diferencias por sobre los acuerdos, en medio de la competencia presidencial y parlamentaria; por otro, genera el problema de la identidad política del que sale, porque antes se sabía a dónde pertenecía, pero ahora no se sabe exactamente qué es lo que representa. Es el problema principal y será la fuente de muchas polémicas en esta campaña.

La militancia en un partido se basa en la aceptación de ciertos principios compartidos, en la adhesión a un colectivo que busca propósitos comunes, en el respeto de programas políticos democráticamente definidos, en el respaldo de compromisos estratégicos con otros partidos.

No ha existido alguien que esté de acuerdo con 100% de las definiciones y acciones de una organización política específica. Ni siquiera es deseable pretender una conducta de este tipo por ser inhumana. Pero los que militan jamás han pretendido que ello sea posible.

Lo que explica el compromiso político permanente de un militante es el convencimiento de que comparten principios fundamentales y que hay una historia común si se esfuerzan por ampliar aquello que comparten. Saben que sus diferencias sólo resultan importantes, inteligibles y apasionantes dentro del colectivo al que pertenecen. Y si éste no existiera, hasta las acaloradas polémicas de hoy perderían sentido y razón de ser.

Por eso es tan frecuente ver que alguien sale de un partido pero le sigue hablando a "los de dentro" porque, mal que le pese, son ellos los únicos que entienden a cabalidad sus críticas y enojos. Por eso quien sale se cuida de no dar un portazo muy estruendoso al salir porque "nunca se sabe" y quien sale en una coyuntura, entra de nuevo en otra, simplemente porque nadie lo echó, sino que se fue por su voluntad.

El individualismo no es progresista

El individualismo no tiene buena venta en el progresismo. Aun cuando por un buen rato pueda dar expresión al descontento con lo establecido e institucionalizado.

Hasta los que tienen mejor opinión sobre sí y miran con cierta displicencia a sus compañeros o camaradas, prefieren constituirse en tendencias internas. La idea de "unidos existimos, separados nos liquidan" se encuentra en lo más profundo de la conciencia progresista.

Los grandes héroes del pasado y los líderes señeros han sido siempre integradores, tanto que fueron muy criticados por serlo en su tiempo. Por eso se los admira ahora. Si Toribio el Náufrago fuera hallado, de regreso no se inscribiría en la Concertación, y en la derecha lo considerarían uno de los suyos.

Se puede ser derechista sin hacerle caso a nadie ni respetar disciplina alguna. Esa es su índole. Es la expectativa de triunfo la que los pega sin juntarlos y la derrota los dispersa. Pero en ninguna parte la centroizquierda se comporta así, más bien tiende a operar al revés. En el progresismo la derrota une y el éxito (si es muy amplio) hace bajar las defensas.

La Concertación sabe que no puede darse el lujo de la dispersión, el individualismo envanecido o la frivolidad como guía de conducta, porque si quiere un país más justo y solidario, sabe que se requiere la compañía y constancia de muchos. La idea de dividirse para ganar será una torpeza de fondo. Se gana con orden interno, el pluralismo multicolor, diferencias puntuales pero coincidencias de fondo.

Por eso, en la Concertación no se puede ser socialista sin los socialistas (como no se puede ser DC sin los DC y así sucesivamente); aunque sí se puede ser individualista sin adscribir al liberalismo o conservador en lo valórico sin ser gremialista. En eso radica la diferencia con la derecha. Nadie puede ganar ni llevar al triunfo a otros encontrando más defectos, problemas y deficiencias en su propio sector más que en ninguna otra parte.

El reino de la incoherencia

El descontento se sostiene en un estado de ánimo, no en una postura política. Tarde o temprano hay que darle sustento en contenidos y organización. Para poder entregarle ese sustento hay que ganar y sostener adhesión en base a la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Cuando se escoge como guía un interés propio más que uno colectivo, la dinámica de los acontecimientos puede más que las buenas intenciones y las iniciales declaraciones de ecuanimidad en la competencia.

La competencia electoral tiene razones que la razón no entiende. Y quien entiende de comunicaciones y sabe actuar para los medios tiene enorme ventaja. Pero, con todo, estamos hablando más bien del dominio de técnicas que de visión política.

Quien rompe con un partido descubre rápido que parte de su discurso queda fuera de lugar. No puede remitirse a las propuestas del conglomerado al que pertenecía sin que alguien entienda por qué es que se fue. No puede hablar como mayoría pluralista puesto que ya no se pertenece a ella. No puede hablar de "lo que hemos hecho y seguiremos haciendo" porque no puede dejar de sentirse incómodo. No puede ser específico porque no dispone de bagaje acumulado y sus adherentes lo siguen por lo que rechazan más que por afirmaciones comunes.

Al final, lo que ha de predominar en un período corto e intenso como el que se avecina es la búsqueda del impacto público. En un tipo de campaña tan intensamente mediática como la que se tendrá que optar, es esencial un alto protagonismo. Y, como sabemos, el protagonismo televisivo se consigue entrando en polémica.

Tras el convencimiento de la derecha de haber cometido un error al dedicarse a amplificar un tiempo la figura del ex diputado PS como alternativa presidencial, ya no es fácil que opte por la contumacia. Los medios opositores o cercanos a la Alianza dejarán de mostrarse generosos en seguir levantando figuras sin imaginar qué efecto obtendrá.

Lo más obvio de pronosticar es que parte importante del esfuerzo de esta tercera candidatura presidencial estará abocada a entrar en pugna verbal con Frei y su comando. Se ha de entender como un error de la candidatura concertacionista entrar en polémica continua y el cruce de cuñas para la televisión, por bien que le va en este ejercicio. No tiene nada que ganar y perdería de vista a su principal contendor.

En política no está ganando el que contesta más, sino el que plantea las preguntas. La Concertación es el encuentro pluralista del centro y la izquierda reunidos para encabezar una mayoría ciudadana para lograr un país más justo y solidario. Dispone de una historia que la prestigia, un presente que lo avala y un futuro a delinear a partir de lo ya logrado. Eso es y eso ofrece. Que los demás se presenten con lo que son, con lo que tienen y con lo que representan.