viernes, mayo 29, 2009

La confusión como arma política

La confusión como arma política

Víctor Maldonado

Enríquez-Ominami no sabe qué apoyo va a alcanzar y por cuánto tiempo. Como no siente la obligación de mantener la unidad concertacionista, no es una incógnita su conducta: busca alimentar dudas sobre el liderazgo principal.


Tus banderas son las mías

En estos días nos hemos tenido que ir acostumbrando a un tipo de mensaje que se ha vuelto una constante en la actuación de Piñera. Repite a diario frases como "los gobiernos de la Concertación han hecho cosas buenas". También dice que mantendrá "la red de protección social que se ha construido en los últimos años y la vamos a extender a la clase media abandonada". Por si fuera poco, está repitiendo que él fortalecerá la negociación colectiva y la flexibilidad laboral.

Tal vez exagera un poco, pero está recurriendo a la vieja táctica de intentar arrebatar las banderas a los adversarios.

Este exceso está reemplazando el anterior énfasis en la necesidad del desalojo de la Concertación. Resulta ahora que los que no hacían nada bien, tenían muchas cosas rescatables.

La receta opositora parece ser la de hacer lo mismo que se hace ahora, sólo que más y mejor. En reuniones a puertas cerradas, ante empresarios, mantiene su discurso crítico, pero no a plena luz.

La segunda línea de voceros de la candidatura opositora se está especializando en complementar la maniobra. Cuando se les replica que la derecha no ha hecho nada por construir lo que se supone ha apoyado, contestan, sueltos de cuerpo y con un cutis muy poco terso, que aquello que se vincula con lo realizado (y sobre todo con lo que falta por hacer) es de responsabilidad de la Concertación, no de ellos.

En el extremo, Lavín señaló que la UDI no tenía que permitir "que Bachelet nos robe el sello de protección social". Se está acusando a la Concertación de tener el descaro de haber realizado durante 20 años lo mismo que la derecha se había propuesto realizar y que no ha podido, dada la reprochable costumbre de la coalición gobernante de ganar las elecciones presidenciales.

Cualquiera sea la opinión que nos merezca este comportamiento, se puede comprobar que representa un retroceso general de posiciones hacia un terreno más seguro y menos agresivo de lo que le habíamos conocido hasta ahora.

Antes se buscaba marcar las diferencias con la Concertación, y ahora se trata de pegarse tanto a ella que ya no se noten las diferencias. Es, por supuesto, un reconocimiento de una mayor fortaleza del oficialismo; también, el paso de la completa seguridad del propio triunfo a un intento de manejarse con habilidad para mantener la opción presidencial.

El problema del camaleón

¿En qué terminará este intento de presentarse como quienes quieren mantener la casa pero reemplazar a los moradores?

Hay que reconocer que la táctica no carece de sentido. Cuando las diferencias entre la Concertación y la Alianza tienden a difuminarse, también las fronteras políticas parecen perder significado. Por esta vía la derecha facilita el trasvase de apoyo hacia su reducto y se acerca a su mejor escenario.

Piñera sabe que no puede atacar a Bachelet. Teniendo la Presidenta un apoyo muy amplio, si el candidato-empresario concentrara parte de su arremetida en el personaje mejor evaluado, sólo conseguiría perjudicarse a sí. Parte de su electores no se lo perdonarían, y no pocos de quienes permanecen indecisos podrían encontrar en esta actitud una razón suficiente como para definirse por alguna de las otras opciones.

De modo que la oposición está actuando con cierta lógica y con alguna probabilidad que obtener resultados. Aunque algo nos dice que el razonamiento seguido puede que presente su implementación práctica uno que otro problema.

El éxito de este comportamiento depende de cómo actúen los otros candidatos y del espacio de maniobra que le dejen para establecer la interpretación sobre su peculiar aporte al progreso del país.

Ya se dispone de un antecedente. En la competencia entre Lagos y Lavín, este último se desmarcó de su sector e implementó una campaña amigable y rehuyó cualquier debate político de fondo. Lavín aceptaba todo lo bueno que hacía el Gobierno, pero afirmaba que había llegado el momento del cambio y pedía una oportunidad.

El abanderado gremialista era un personaje llano y agradable, al que se le reconocían buenas intenciones y que marcaba su distancia de la política tradicional. Dados estos elementos básicos, este comportamiento -regular y sistemático- se amoldaba al candidato como anillo al dedo. Respondía más a una manera de ser que al mero cálculo. Era el modo como se había comportado el líder gremialista antes de ser abanderado y estaba validado por el comportamiento que había tenido como alcalde.

Aquí es donde encontramos hoy el mayor problema para la campaña de derecha: el traje de Lavín no se ajusta a Piñera, que no es afable, no sabe evitar polémicas, no acostumbra reconocer los méritos ajenos y no viene desde fuera de la política tradicional.

Lo que están haciendo en la Alianza puede que sea parte de la campaña, será todo lo útil que se quiera, pero no definirá su médula.

Esto nos lleva al segundo punto, ¿cuál es la médula de la candidatura de Piñera? ¿Qué define su propuesta o encarna su candidatura?

Por ahora no son las propuestas lo que define su opción. Hasta el momento se ha movido con algo más que un repertorio de lugares comunes y poco más. En el caso de Piñera, y de forma completamente distinta a Lavín, "el candidato es el mensaje".

Para bien o para mal, Piñera es un personaje conocido, del que no se esperan sorpresas. Encarna el éxito en una sociedad competitiva en que ha triunfado por su habilidad de aprovechar oportunidades para hacer fortuna. ¿Esto basta para ganar? Al parecer no, si se ha de atender a las señales que llegan de la oposición.

Cuando el candidato no basta

Las intenciones y la estrategia de los competidores son transparentes. La derecha sabe (también sus adversarios) que no cuenta con los méritos suficientes para ganar. Necesita debilitar a la Concertación y eso implica alimentar las divisiones internas, para lo que se recurre al expediente de reponer la duda sobre el mejor candidato concertacionista. ¡De algo que sirva el amplio control de medios de comunicación!

Todo esto tiene mucho de obvio y esperable. Es lo que la derecha tiene que hacer. Al menos, lo que tiene que intentar.

Una candidatura como la de Enríquez-Ominami va a explorar al máximo el alcance de sus posibilidades. El diputado no sabe qué apoyo va a alcanzar y, sobre todo, cuánto tiempo va a mantenerlo. Y como no sabe, y tampoco siente con intensidad la obligación de mantener la unidad concertacionista, no es una incógnita su conducta: buscará alimentar las dudas sobre el liderazgo principal, porque creerá que obtiene mayores posibilidades de crecimiento electoral.

Poco importa que la coincidencia entre la conducta práctica del candidato opositor, la prensa de derecha y el diputado sea producto de un acuerdo explícito o se deba a un paralelismo constante, notable e indeseado. El resultado es el mismo. Apostaría a que la coincidencia se mantendrá en los días que siguen.

Pero no hay que permitirles que desde la candidatura de Frei se realice cualquier acción que refuerce el ataque que recibe. Cualquier comportamiento en este sentido es necesario evitarlo.

Cualquiera que ventile diferencias internas, le sobra tiempo, y si está desocupado no está entregando su mejor aporte. El centro de la noticia es el candidato o quien actúe por delegación de él. Punto. Ésta es la mejor forma de agotar un ataque obvio, sin que cumpla con su objetivo.