viernes, marzo 16, 2007

La indecisión básica de la derecha

La indecisión básica de la derecha

La oposición habla con arrogancia cuando, al mismo tiempo, está casi cayéndose de las encuestas. Es como el alumno porro del curso que hace un alto en su desorden para decirle al resto cómo hay que estudiar y sacarse buenas notas. En este comportamiento hay algo obvio que no cuadra.

Víctor Maldonado


La exigente prueba de decidir

LA DERECHA ESTÁ TERMINANDO por conformar el gabinete más numeroso de la historia. Partió con la idea de un grupo acotado y arribó a la validación de un amplio conjunto de equipos.

No pretendía romper una marca mundial con esta medida, sino ganar la iniciativa política. Algo debía presentar luego de haber estado meses dándole vuelta públicamente a un anuncio que se retardaba y enredaba cada vez más.

La Alianza había quedado atrapada en sus declaraciones y algo tenía que mostrar, aun cuando lo que al final se presenta diste mucho de lo prometido. No se puede hablar por meses de una iniciativa para terminar en la nada.

Aún así, no es seguro que haya logrado sortear, con mediana compostura, el embrollo en el que se había metido sin que nadie se lo pidiera. Paradójicamente al efecto deslucido que se está consiguiendo, el “gabinete en las sombras” fue pensado como fuerte señal de que el conglomerado está preparado para gobernar. El resultado es más bien contrario.

El problema con las ideas ingeniosas y las señales es que hay que respaldarlas. Ese es el momento de la verdad en política, porque gente con buenas ideas hay muchas, pero personas capaces de implementarlas consiguiendo acuerdos amplios. No por nada, la prueba política por excelencia es, por supuesto, decidir y escoger entre alternativas.

En este caso, no pasó la prueba. Se salvó la cara. El procedimiento elegido para “conformar” el gabinete es muy revelador, porque es lo contrario de hacer política: en vez de seleccionar representantes y voceros, lo que se ha hecho fue… escogerlos a todos.

Se optó por el camino más fácil para no meterse en problemas, a costa de sacrificar lo fundamental. Con ello la derecha afianza la imagen que ya tiene como actor político que aún no está en condiciones de hacer Gobierno, conformar un gabinete o realizar un equipo de trabajo.

Un gabinete sobredimensionado y poco ejecutivo es el producto que están en condiciones de exhibir, hoy por hoy, los presidentes de los partidos de derecha: algo indoloro, incoloro e insípido.

Los candidatos presidenciales como problema

En realidad, el centro de las preocupaciones en “el sector” no tiene que ver con los avances conjuntos, sino con algo tan básico como prevenir los retrocesos.

El inicio anticipado de la carrera presidencial puede significar un continuo dolor de cabeza para las directivas de la UDI y de RN. Encauzar la competencia parece ser el propósito de todos los que en la oposición apuestan por el trabajo sistemático y conjunto, pero a estos se les hace cada vez más cuesta arriba poner orden en las filas.

Es obvio de no prevenir una amplia variedad de conflictos (típico de las campañas), se puede entrar en una espiral de confrontaciones que ponga en jaque a las conducciones partidarias.

Además, enmarcar la pugna es lo que les queda por hacer a Larraín y Larraín ante los hechos consumados. Ellos están notificados que la campaña presidencial partió, pero es igual de claro que si de ellos dependiera, la hubieran postergado para más adelante. No pudieron y eso los deja en mal pie.

La razón es sencilla. Antes que todo porque estamos en presencia de necesidades contradictorias. Mientras los presidentes de los partidos necesitan iniciativas comunes y de consenso entre sus tiendas, cualquier candidato presidencial tiene que perfilarse y diferenciar su aporte del resto.

¿Para qué preocuparse ahora de los postulantes si están todos de acuerdo en lo fundamental? Pero si lo que importa es el nombre, entonces cada candidato tiene que desmarcarse del trabajo cotidiano y llevarle la delantera al resto.

Los líderes cambian el escenario político, mientras que los dirigentes de partido se manejan bien dentro del escenario en el que están. Intentar las dos cosas al mismo tiempo es la cuadratura del círculo. De allí que la oposición se comporte de un modo tan errático. Y por eso, también, los ejercicios de disciplina colectiva en la derecha tienen tan mal pronóstico para el presente año.

Las diferencias en la Alianza no se dilucidarán por acuerdo, sino por el mayor éxito práctico de alguna de las estrategias en pugna.

A cada paso, este tipo desenlace se presenta inevitable. En particular porque en la oposición nadie pierde la oportunidad de dar a conocer sus diferencias y divergencias, sin que parezca importar demasiado el costo que se le haga pagar a su propio sector. A la oposición no hay que criticarla. Basta con escucharla. Por si alguien tiene algún tipo de dudas basta prestar atención a sus senadores y diputados, porque siempre habrá alguno que reconozca que la oposición no está preparada para gobernar.

La competencia va acompañada de diálogo

Mientras los dirigentes que predominan en los partidos están acentuando la crítica al Gobierno y a la Concertación, los candidatos saben que el personaje que rompa el cerco creado por la polarización obtendrá mayor dividendo. Apertura hacia el Gobierno y disputa del espacio al resto de los aspirantes parece ser la consigna.

Un candidato tiene que mostrar que le interesa el país más que las diferencias entre los grupos. Por eso, cada cual busca mostrarse propositivo y está atento a la primera oportunidad para abrir una vistosa negociación con el Ejecutivo en algún punto de interés nacional.

Los candidatos son altamente sensibles a las encuestas. Saben que las pugnas y la falta de cooperación es altamente penalizada por la opinión pública.

Los dirigentes partidarios no tienen esa preocupación. Parten de la base de que, en popularidad, están “al fondo de la tabla” y que no cambiará en el futuro conocido. Así que pueden soportar altos niveles de impopularidad. Le hablan a los convencidos y a los militantes. Saben que tienen un poder limitado, pero el poco poder proviene de ese grupo y por eso lo cortejan, sin demasiado decoro.

Sin embargo, la realidad política termina por imponerse, incluso a los más remisos. La derecha está realizando una mala actuación porque está demasiado centrada en la crítica. Por mucho que esto le sea obligatorio, es evidente que se ha extremado hasta un punto que resulta dañino para sus propios cultores.

Los presidentes de sus partidos se encuentran encajonados entre dos tipos de actores que obligan a polarizar su actuación y su discurso: por un lado, los precandidatos presidenciales (como ya vimos) y, por otro, sus lugartenientes que se están haciendo un espacio a base de mostrarse duros, intransigentes y polémicos.

Tras la andanada diaria de vocerías altisonantes desde las huestes que, se supone, conducen, no les queda otra a Larraín y Larraín de partir sus declaraciones en un tono parecido. Al mismo tiempo, se dan cuenta que la ausencia de diálogo con el Gobierno no les permite mostrar avances en materias de interés nacional, en los que aparezcan como coautores. Por ello, no dejan de proponer acercamientos al mismo Ejecutivo al que han tratado con extremo desenfado.

Como se mire, así no se llega a ninguna parte. Las políticas de desgaste se las puede permitir una oposición en alza, no una estancada en una pésima evaluación ciudadana.

La oposición habla con arrogancia cuando, al mismo tiempo, está casi cayéndose de las encuestas. Es como el alumno porro del curso que hace un alto en su desorden para decirle al resto cómo hay que estudiar y sacarse buenas notas. En este comportamiento hay algo obvio que no cuadra, y que la derecha no ha sabido tomar en cuenta.

Mejor que intentara enmendar la conducta, proponer más, denostar menos y preocuparse de la coherencia en la acción colectiva. Quizá si los presidentes de partido empiezan a ordenar a sus filas (incluyendo a los presidenciables), la situación empieza a cambiar. Mientras tendremos que acostumbrarnos a gabinetes de mentira con tamaño de asamblea.