viernes, septiembre 25, 2009

Entre dos alternativas

Entre dos alternativas

Víctor Maldonado

Las opciones reales ya son dos. Así quedó demostrado en el foro. Es lo que dicen las encuestas. Es lo que favorecen las reglas del juego. Corresponde también a las opciones de fondo. Sólo dos se preparan para gobernar y los otros se preparan para influir.


No son todos los que están

Antes que elijamos Presidente por medio de una elección, ocurre que el cargo de Presidente escoge a sus contendores.

Quiero decir con esto que, a medida que pasa el tiempo, les queda cada vez más claro a los electores que no todos los que se presentan en una elección aspiran a la Presidencia “aquí y ahora”. Cuando se comprende esto es cuando se termina por definir por quién se vota.

Pero, ¿qué razón podría tener alguien para presentarse si no es para ser Presidente de 2010 a 2014? La verdad es que los motivos para presentarse a la conducción del Ejecutivo, a sabiendas de que no se llega a La Moneda, pueden ser muy amplios, pero básicamente se pueden mencionar tres.

Se puede presentar un candidato porque no tiene otra alternativa. Un sector político puede ser significativo, tener presencia real, puede llegar al Congreso y, sin embargo, no tener opción presidencial. No obstante, sin abanderado que aglutine, las opciones parlamentarias se debilitan. De ahí que se presenten candidatos para “marcar territorio” y para fortalecer el sentido de identidad colectiva.

Tradicionalmente, es esto lo que ha ocurrido en la izquierda del espectro político. Se presentan por la necesidad de existir y seguir siendo un actor reconocido y conocido.

También se puede presentar una candidatura para efectos promocionales. Se quiere llegar a la Presidencia, se sabe que ello no es posible ahora, pero sí se espera ser una opción real en el futuro. En el fondo, se presenta una campaña inicial para una competencia posterior que aún no está en la mente de la gran mayoría.

Son candidaturas que se presentan como de renovación y cambio, que se sostienen en la novedad y la sensación de frescura que desean encarnar. Se presentan como un punto de partida, y para estas opciones la elección presidencial es una estación intermedia.

Reordenando el naipe

Enseguida, se pueden presentar candidaturas con la finalidad de dar cauce al descontento con lo establecido. Siempre hay un sector -en nuestro caso no menor a 20%- de personas que están disconformes con el gobierno, la oposición, los partidos, las elites, los bloques políticos y la forma en que se practica la política.

Dado este cuadro, siempre existirá quien desea reordenar el sistema de dos grandes conglomerados. Se trata de cambiar las opciones básicas, regularmente por el reemplazo de uno de los bloques existentes.

En otras palabras, se puede presentar una candidatura pensando que se está dando el empujón definitivo para que un grupo político mayoritario se desintegre. Se trata de una construcción post derrumbe de otros. Se busca una victoria por abandono o por extinción.

Opciones como ésta dan pábulo a distintos grados de entusiasmo y fervor. Algunos se contagian tanto del ambiente efervescente del momento que ven las puertas de una pequeña Apocalipsis que afectará a los demás. Sobre las cenizas ajenas se ven como el anuncio de un nuevo amanecer. Los más advertidos ubican el reemplazo de los que han constituido hasta ahora la mayoría política en algún momento por llegar, pero no de inmediato.

Lo que alimenta las opciones alternativas no es la falta de ambición, sino un exceso de ella, acompañada de una falta de visión conjunta de cómo llegar a la meta propuesta. De allí el entusiasmo, acompañado de una falta de precisión en la definición de los movimientos de campaña. En el fondo, el día a día prima sobre todo lo demás.

Habría que agregar que, en otras ocasiones de nuestra historia, se ha dado el caso de candidaturas que se han presentado con el propósito de restarle el apoyo necesario a un adversario más peligroso (como el famoso “cura de Catapilco”, cuya candidatura logró en 1958 que Salvador Allende no ganara, al restarle el margen de votos con el que superaba a la derecha).
Entre nosotros ha habido el intento de la derecha de usar en su favor la aparición de una tercera candidatura, pero, claramente, no ha generado una opción a su amaño, ni ha tenido el control de la situación en ningún momento (pese a que sus estrategas se ven a sí mismos haciendo esto y mucho más).

Sólo dos opciones

El punto está en que, ya sea que una candidatura se presenta porque no puede dejar de presentarse, porque se promociona para el futuro o porque quiere llenar el espacio que deja el siempre presente descontento, al final queda claro que no son opciones reales para la elección en curso. Son candidaturas muy justificables, pero no se relacionan con el objetivo directo de elegir Presidente. Y por eso empiezan a quedar en el camino, aun antes de lo que imaginaron o creyeron posible.

Las candidaturas testimoniales u “obligatorias” son bien necesarias, pero al mismo tiempo que el sector al que representan ve necesario concentrarse en las competencias parlamentarias para obtener triunfos reales, dejan de verse como indispensables de sostener como prioritarias. En el caso contrario, todos entienden que suelen tener una clara opción para la segunda vuelta. Por eso no hay quien no sepa a qué atenerse con este tipo de opción.

En el caso de una opción como la de Jorge Arrate queda evidenciado que puede ser sostenida con una sobresaliente dosis de dignidad, altura de miras y brillo personal. En el caso de las opciones de futuro, lo que se puede esperar es que completen su ciclo de aparición, despegue y descenso aun antes de que llegue el día de la votación.

Al principio la novedad aparece como estimulante y necesaria, una oportunidad para remover lo anquilosado. Pero, antes del final, queda demostrado que nadie puede permanecer como novedad mes tras mes, sin aportar un contenido específico propio y relevante. Como nadie sabe cómo ha de presentarse el futuro y ya es ardua tarea hacerse cargo del presente, cada día pesa más la capacidad actual de dar gobernabilidad y progreso al país. Es decir, lo que importa no es lo que puedas llegar a ser, sino lo que ya eres. En ese momento nadie mantiene su apoyo: o creces hasta predominar o empiezas a retroceder sin pausa.

Inevitablemente se llega a un callejón sin salida. Se está condenado a participar de foros y debates donde empiezan las repeticiones y se pierde novedad y, si no se gana en consistencia o en profundidad, cada vez se pierde más terreno ganado. En caso de limitar los debates, se pierde presencia y ya no se está presente en la televisión, que es lo mismo que perder.

En el caso de quienes quieren recomponer el cuadro político, lo que hacen es apostar a que llenarán un vacío que dejan las coaliciones. Si el vacío no se produce, lo que deja de tener sustento es la candidatura, que fenece por inanición. Tal cosa le ocurrió al senador Alejandro Navarro.

Para quienes no se ubican en la derecha, una opción de liderazgo puede representar a la Concertación, puede encabezar a la izquierda o querer el cambio de las dirigentes de alguno o de todos. Pero no se puede ser, a medias, algo de cada uno. Lo que se llega al final es al conjunto vacío.

Por eso digo que es la Presidencia la que selecciona a los contendores finales. En nuestro caso, las opciones reales ya son dos. Así quedó demostrado en el foro. Es lo que dicen las encuestas. Es lo que favorecen las reglas del juego. Corresponde también a las opciones de fondo. Porque sólo dos se preparan para gobernar y los otros se preparan para influir.