viernes, enero 18, 2008

El verano y las golondrinas

El verano y las golondrinas

Se nota el cambio de vientos. El Gobierno ha dejado de estar en el centro de la polémica. Ahora los observadores están pasando de la crítica a un Ejecutivo débil a la crítica a partidos políticos oficialistas débiles.

Víctor Maldonado


El mejor momento del gobierno

ESTÁ CLARO QUE, luego del cambio de gabinete, la actividad política girar en torno al Gobierno. Incluso los principales líderes de derecha se dedican a hacer comentarios en la certeza de que se puede esperar un mejor año para el oficialismo. Al mismo tiempo, las encuestas de opinión están empezando a detectar un repunte en la aprobación que puede llegar a constituirse en una tendencia.

El importante despacho de la reforma previsional inaugura una etapa en que el Gobierno empieza a cosechar el fruto de la primera etapa en la que se instala, se organiza en torno a prioridades y centra esfuerzos en tareas prioritarias, que sólo ahora se empiezan a apreciar en su real dimensión.

Entre quienes tienen tareas que cumplir y los resultados los favorecen visiblemente se empieza a experimentar un cambio en el estado de ánimo -propio y colectivo-, algo que no se apreciaba hace un buen tiempo.

De hecho, se puede estimar que este es el mejor momento del Gobierno, no porque sea el de mayor apoyo, sino porque el Ejecutivo tiene hoy la iniciativa, cuenta con mucho que mostrar, dispone de un discurso que sintoniza con los ciudadanos y sabe que las expectativas son buenas hacia delante.

¿Qué fue lo que cambió? Para muchos esto tiene que ver con la fuerte señal que se dio con el cambio de autoridades de primer nivel. No son pocos los que estiman que se trata de un regreso estelar de la política a la dirección de la actividad pública.

Desde la oposición, el juego más interesado presenta el cambio de gabinete como una transferencia neta de poder desde la Presidencia a personajes de la confianza de los partidos políticos. Se trataría de una renuncia a su estilo más propio. Al mismo tiempo, y en contradicción con lo anterior, en los días previos han abundado los análisis que elucubran con soltura sobre el distinto peso de los ministros, según su afinidad definida personal con Bachelet. Está claro que la dinámica interna de la toma de decisiones se les escapa por completo, y que se confunden juicios con prejuicios.

Pero, más allá de lo anecdótico, nadie niega el reforzamiento del poder político del Ejecutivo, como tampoco su potenciada capacidad de interlocución con los actores políticos, tanto en los partidos como en el Congreso.

En todo caso, se nota el cambio de vientos. El Gobierno ha dejado de estar en el centro de la polémica. Ahora los observadores están pasando de la crítica a un Ejecutivo débil a la crítica a partidos políticos oficialistas débiles. Éste es el nuevo foco de atención.

Es la política, estúpido

En lo que algunos analistas de oposición se equivocan por completo es en hacer un sinónimo de este renovado predominio de la política en la conducción de Gobierno con una supuesta mayor rudeza de la actividad pública del oficialismo.

En realidad, la buena política es lo contrario de las malas maneras. La rudeza del matón busca someter, el político por excelencia busca convencer y ganar mayorías. Nada puede ser más distinto.

La falta de sutileza no ha estado de este lado de la cerca. Hacer buena política no es imitar la actitud que ha predominado de la oposición durante este Gobierno. Por lo demás, la falta de imaginación no ha conducido nunca al poder.

Se pueden ver las cosas de otra manera. Bachelet ha estado ocupada cumpliendo, hasta este momento, un variado número de roles: marca la línea política del Gobierno, dirige o evalúa directamente el devenir de varias políticas públicas, entra en polémica directa con la oposición, etc. De más está decir que esta actitud no la había llevado a cabo si no hubiera sido indispensable y necesario.

Un equipo político reforzado permite que cada cual se dedique a sus funciones propias sin necesidad de abarcar más funciones. Eso terminará fortaleciendo la imagen presidencial y no disminuyéndola. En esto hay un claro error de percepción por parte de analistas y dirigentes.

La Presidenta debe dirigir y los ministros deben debatir y responder. Es el mejor de los escenarios para el Gobierno.

Al parecer la oposición acaba de descubrir las bondades de una política propositiva. Después de casi dos años ya era hora de que lo hiciera. Sebastián Piñera hasta se muestra modesto y considera excesivo el trato dado al ministro Francisco Vidal en la interpretación. Incluso Andrés Allamand está matizando sus propios dichos. Lo importante es que sea coherente y consecuente con la nueva línea que quieren emprender.

En parte, el cambio de actitud de la derecha se explica por la imposibilidad de mantener una oposición simple ante un Ejecutivo reforzado.

Pero, ¿por cuánto tiempo se mantendrá esta situación? Porque lo que importa es saber si esta golondrina presagia o no el verano.

Las tareas propias del gobierno

Hay que decir de inmediato que para el gabinete la prueba de fuego no está en demostrar la fuerza y el tonelaje político de sus ministros. Está en demostrar que se constituye en un equipo que representa al Gobierno ante los otros y no de los partidos o de figuras fuertes ante la Presidenta.

Tener representantes de candidaturas políticas diferentes sería nefasto. Es obvio que cada cual pueda tener sus propias opiniones y preferencias sobre candidaturas presidenciales futuras. Pero el Gobierno está pensado para dar conducción política hoy, tras la implementación del programa comprometido ante los ciudadanos.

El propósito principal es gobernar. Para la Concertación, el Gobierno es un centro aglutinante y si lo pierde como tal, no hay cómo reemplazarlo en las actuales circunstancias. Son los partidos los que tienen que buscar la continuidad de la Concertación en el poder mediante la mejor opción presidencial. No es éste el rol de los ministros ni puede serlo.

Las tareas de Gobierno son absorbentes y requieren de plena concentración. Y no es cosa de pura eficiencia y de muchas obras construidas.

Se equivocan los que piensan que al Gobierno le va a ir bien sólo por la cantidad de obras que realice. Si esto fuera automático, los problemas serían exclusivamente técnicos y no políticos.

En realidad a un Gobierno le va bien si cumple con cinco tareas que debe realizar de un modo simultáneo y coordinado: si hay conducción política; si tiene un discurso integrador; si la gestión es eficiente; si está presente en terreno; y si cuenta con la capacidad de comunicar sus logros.

En otras palabras, hay que saber para dónde ir, darle sentido a la acción que se emprende, gestionar con eficiencia, nunca perder contacto con los ciudadanos y convencer para lograr adhesión.

Si sólo importaran las obras o la capacidad técnica, es posible que varios ministros no hubieran cambiado en la última reestructuración del gabinete. Aparte de la conocida necesidad de preservar los equilibrios, es posible que cada cual cumpliera bien con lo que hacía. El punto ha estado siempre en saber si lo que se hacía era todo lo indispensable por hacer. Y estos cinco aspectos que señalamos constituyen elementos indispensables a la hora de evaluar.

¿Por qué es tan importante que el Gobierno realice todas y cada una de estas tareas con especial acierto?

Porque este año será pródigo en el tratamiento de conflictos y de tensiones en los partidos de la coalición gobernante. Para los partidos las exigencias a responder serán muchas en un año electoral, la necesidad de mantener la cohesión y la disciplina interna estarán a la orden del día, y las coyunturas en específico serán un imán de atracción permanente.

Si se juega en conjunto por el cumplimiento de los objetivos, compromisos y tareas comunes, entonces lo que predominará es la colaboración, la cooperación y la coordinación de unos con otros. Lo que viene es un esfuerzo de equipo: si se constituye una comunidad de trabajo, al Gobierno le va a ir bien. Ésa es la prueba más importante que sortear.