viernes, junio 11, 2010

Cuando el pasado es tema

Cuando el pasado es tema

Víctor Maldonado


Actores secundarios

Cabe preguntarse qué es lo que puede explicar esa necesidad permanente de las autoridades de gobierno por criticar a la administración anterior, en sus logros y resultados.

Quien dispone de la capacidad de actuar y de dirigir al país en el presente, no debiera dedicarse al comentario sobre el pasado reciente. Menos aún cuando debiera ser consecuente con la promesa de “ahora sí” encaminar a la nación hacia el desarrollo. Si hemos de seguir la versión oficial, lo que faltaba en Chile eran personas que supieran hacer las cosas de buena forma y con las ideas correctas.

Razón de más para dejar que el pasado se quede donde está, esperando que el buen sentido de la mayoría juzguen las diferencias cuando corresponda. Pero nada de esto ha ocurrido. La necesidad del contrapunto permanente parece una necesidad desde Piñera para abajo.

En todo caso, puede que esta actitud se explique en el caso de los parlamentarios de derecha. Como se puede recordar, antes de la última elección los principales líderes de la Alianza se encontraban en el parlamento. Desde allí brillaban particularmente en la crítica y el debate con las autoridades de los gobiernos de la Concertación. Incluso las figuras más representativas de la derecha fueron, durante mucho tiempo, la de los interpeladores y fiscalizadores. Allamand en su último libro rinde homenaje a estos personajes y les atribuye un papel importante en el triunfo presidencial.

Pero, precisamente, al ganar la derecha el poder, sus líderes parlamentarios se habían quedado sin un rol destacado que cumplir. Pasaron de estrellas de la escena a actores de reparto. Ahora no cumplían un papel descollante sino que se esperaba de ellos que votaran dócilmente por las iniciativas de gobierno.

Justamente ocurrió al revés con los parlamentarios de la Concertación. Ahora son estos los que acaparan la atención de los medios. No puede ser de otra forma, puesto que nadie en su sano juicio va a prestar excesiva atención, en la prensa, a quienes están de acuerdo con lo que ya han dicho los ministros. Hacer eco de lo que ya se dijo no es noticia ni aquí ni en ninguna parte. Lo que se necesita es el contrapunto y, en el contrapunto, se topaban con personalidades de la centroizquierda que lograban, primero, poner en debate sus puntos de vista y, luego, conseguir nada menos que cambiar la legislación.

Por si fuera poco, al establecerse un centro decisivo de poder en La Moneda y en el Ejecutivo, nuevas figuras, que hasta hace poco “nadie” conocía o que tenían roles técnicos en los centros de estudios o en las empresas, pasaron ahora a ocupar gran parte de los titulares y son, cada vez más, los que tienen mayor presencia pública.

La necesidad de diferenciarse

Por lo anterior, no es de extrañar que quienes supieron prever mejor que nadie lo que ocurriría al asumir el gobierno, fueron, precisamente, los más importantes líderes parlamentarios, tales como Allamand y Longueira. Sin que sorprendieran a nadie ellos mismos se ofrecieron para salir de sus puestos e ir a “servir a la patria” desde el Ejecutivo.

Pero, como ya sabemos, la idea de tener líderes de peso político, con criterio propio y con mucha autonomía no ha sido, por lo general, el tipo de colaboradores que escoge Piñera para acompañarlo en su equipo más cercano. El modo como recepcionaron los aspirantes a ministros el desaire no constituye ningún misterio.

Como sea, en el último tiempo hemos visto como los parlamentarios de derecha han solucionado su problema de identidad. Lo que han hecho es volver a emprenderlas contra la Concertación tal cual lo hacían antes pese a que los criticados ya no están en el gobierno.

Lo cierto es que detalles como este último no amedrentan a los anteriores fiscalizadores. De partida porque siempre es bueno estar ocupados y, además, porque si no lo hicieran de esta manera, la tentación de empezar a hacer públicas las discrepancias con el gobierno que respaldan son muchas. No hay duda que este conocido rol les sienta bien, y actúan como si les volviera el alma al cuerpo.

Como hemos dicho, puede que no sea muy elegante, pero se entiende el comportamiento de los parlamentarios hoy en el oficialismo. Lo que es más difícil de entender es la forma como se están comportando los ministros y principales funcionarios del Ejecutivo.

Creo que uno de los factores que explican una reacción tan fuerte y constante es, por cierto, la necesidad de diferenciarse. No es para menos cuando, en la práctica, parte importante de las políticas que se implementan son de continuidad.

Se explica también por la dificultad que se encuentra en implementar cambios efectivos en la gestión pública. Desde fuera del Ejecutivo, lo que no hace se puede atribuir a la falta de voluntad política para mejorar la situación existente o a una especie de ineptitud congénita. Desde dentro del Estado, se encuentran trabas operativas de las que no se tenían noticias. Se llega a la incómoda intuición de que, tal vez, no se pueden cumplir las numerosas promesas que con tanta convicción se hicieron hace tan poco.

Y cuando se pide a los cuatro vientos ser medidos en base a la eficiencia y a la rapidez con que se consiguen incorporar cambios, entonces caen en la cuenta de que se compraron un gran problema y que ha empezado una cuenta regresiva que ya no puede detenerse. La derecha descubre que cuatro años es un período de tiempo más bien corto y que, más pronto que tarde, habrá que empezar a explicar por qué las cosas no ocurrieron como se esperaba.

De más está decir que la excusa más fácil de ofrecer es la de establecer que, en realidad, los cambios sí se están implementando, sólo que no se nota porque los problemas dejados por los antecesores son de tales dimensiones que hubo que dedicarse a cubrir los déficit.

En el fondo, lo que se está preparando es algo así como “¿usted cree que hemos hecho poco en cuatro años? Eso se debe a tener que enmendar 20 años de un camino equivocado. Denos otros cuatro años y verá todo lo que somos capaces de hacer sin el lastre que nos dejó la Concertación”.

El callejón sin salida como propuesta

Cuando se hace evidente que es esto lo que se prepara, desde la Concertación hay que reaccionar sosteniendo con convicción lo positivo que han resultados sus gobiernos para Chile. Lo demás lo destacará el adversario, sea justa o injustamente. Empezar ahora a enfatizar las diferencias de opinión o dedicarse a cultivar las querellas intestinas es un desatino, ciego al contexto que se vive. Si desde fuera se ataca y desde dentro se duda, el resultado no augura nada bueno.

Lo que explica la constante diferencia a los gobiernos anteriores es la inseguridad y el sentir como una amenaza la positiva evaluación ciudadana de los que acaban de partir. Nadie seguro de estar haciendo una obra duradera y sin vuelta atrás pierde el tiempo retrotrayéndose a cada paso a la situación que encontró. Saben que nos han probado que lo pueden hacer mejor, que sus virtudes sean –comparativamente- más que sus defectos y que pueden entusiasmar al país con algo más que una lista de tareas prácticas a cumplir.

Pero no es en la derecha donde se encuentran los únicos obsesionados con la interpretación del pasado. Algunos insisten en distinguir en la propia Concertación entre buenos y malos, equivocados y representantes de la línea “correcta” (que siempre coincide con la representada por el opinante).

Lo típico de los que cultivan el simplismo es declarar que la Concertación pierde porque terminó por caer bajo el control de los equivocados, y entre los villanos preferidos están los tecnócratas.

Lo que parecen olvidar los que así opinan es que están dirigiendo sus dardos, no al objetivo de su inquina sino a quien debieran proteger. Ocurre que cuando un grupo equivocado controla el gobierno, hay otros que lo pierden, y en este caso se encuentra quien ocupa la Presidencia de la República. Los que dicen “control de los tecnócratas, están diciendo “falla presidencial”. Conducir a un callejón sin salida es fácil, salir de allí es mucho más difícil.

El simplismo extremo es dañino. Lo es sobre todo porque impide cambiar. Cuando las derrotas se explican en base a tres o cuatro equivocados, entonces no tengo que mejorar yo sino que tengo que vapulear a otros. Con eso basta. ¡Qué fácil y qué falso! Si vamos a renovarnos, lo primero es partir asumiendo la propia responsabilidad.