sábado, septiembre 04, 2010

El mejor momento y los defectos de siempre

El mejor momento y los defectos de siempre

Víctor Maldonado R.


Hijo de la audacia

Piñera tiene la capacidad de tomar buenas y malas decisiones, al mismo tiempo. Eso no es casualidad, sino el costo de un estilo que hará las grandezas y miserias de esta administración.

Hasta sus adversarios han reconocido que la virtud principal frente al tema del rescate de los mineros no ha sido la ausencia de errores (hubo dudas, momentos de desconcierto y fallas comunicacionales) sino la sostenida a puesta a comprometerse en la búsqueda. Eso resultó más valioso que todo lo anterior.

Tan impactante resultó el hallar a todos los mineros con vida que el gobierno y el presidente recibieron un fuerte espaldarazo en la opinión pública. Las encuestas dan un elocuente testimonio de su alza de popularidad. Por esta razón y porque entramos en la órbita del Bicentenario, llega la primavera, la economía continúa en alza sostenida y el empleo sube, podemos decir que hoy nos encontramos en el mejor momento del gobierno de Piñera y con perspectivas de consolidar su posicionamiento positivo.

Pero justo cuando las expectativas son las mejores, el mandatario y su gobierno parecen empeñados en perder su mejor oportunidad. Todo esto fue posible por el comportamiento del Ejecutivo en el caso de la termoeléctrica de Barracones.

Primero, en la definición de la Corema de Coquimbo no hubo ninguna duda de la voluntad gubernamental: las quince autoridades regionales designadas por Piñera votaron alineadas a favor construir la central.

Sin embargo, la reacción pública –en Santiago y regiones- fue tan potente en contra y las encuestas tan unívocas en el rechazo mayoritario, que el mandatario suspendió la construcción de la termoeléctrica. La vuelta de campana no podía quedar sin consecuencias. Y la forma en que fue comunicada (ofreciendo otro lugar, algo para lo cual Piñera no tiene atribuciones) fue la peor de las que estaban a disposición.

Barracones muestra que está confundiendo la pro actividad con la arbitrariedad, aun cuando Piñera no ha dejado de afirmar que esta medida la tomó "dentro de la institucionalidad y dentro del Estado de derecho". Pero esto no resulta muy convincente. Si el gremio empresarial se acerca a La Moneda, como lo ha hecho el presidente de la CPC, Rafael Guilisasti, es porque hay alarma. De otro modo no se explica que este último haya representado “una inquietud que existía en el sector empresarial” y que pidiera de “una señal potente de que aquí vamos a contar con la energía necesaria para el desarrollo industrial”. Esto se parece bastante a una reconvención amistosa.

El Estado soy yo

Lo que ha hecho es demostrar que toma decisiones sin establecer barreras muy definidas entre la función pública de Piñera en cuenta presidente y sus definiciones empresariales de cómo han de funcionas las cosas apegándose a su voluntad, sin consideración de las normas vigentes ni de los plazos y formas que se establecen dentro de nuestro marco institucional.

No es aceptable que el Presidente desconozca el hecho de que los estudios técnicos que requiere una central hidroeléctrica de grandes dimensiones, duran un año o más. Cambiar de ubicación para la central requiere de otro estudio de impacto ambiental. Implica un nuevo punto de partida, algo bien distinto a un cambio de menor importancia.

No está en poder de un presidente el ofrecer que una planta de casi 600 megawats se instale “un poco más allá”. Piñera no puede decir, como lo dijo, refiriéndose a la localización de central, que “hemos acordado que se hará en otro lugar”, porque esta frase no corresponde, en nuestra institucionalidad, a las funciones de un mandatario. Como dijera el profesor de derecho constitucional Javier Couso, Piñera no está en condiciones legales de acordar con una empresa el traslado de la central a otro emplazamiento: "No es algo que puede prometer, no está en su poder, él no es el rey de Chile". Esta no es una transacción entre particulares, tal como si estuvieran ofreciendo o recibiendo algo que les pertenece. Ninguno de los dos está sobre la ley y uno de ellos ha jurado expresamente respetarlas como el que más.

Esto es de una gravedad difícilmente exagerable. Un país serio y confiable se le reconoce por la estabilidad de sus normas, es decir por la ausencia de arbitrariedad y discrecionalidad. Piñera acaba de hacer todo lo contrario.

Se trata, por cierto, de un caso puntual. Pero no se trata de un comportamiento inusual y desacostumbrado.

De modo que el tema que se está poniendo en el tapete no es de la adhesión a un modelo económico que pone el acento en el papel de la empresa privada sino, precisamente, el respeto a las reglas del juego que lo hacen posible.

Tal ha sido el impacto de esta actuación presidencial, que las autoridades de gobierno han insistido con posterioridad en asegurar que la intervención del mandatario en el caso de Barracones fue un caso absolutamente excepcional. Lo que no es otra cosa que reconocer que se ha cometido un error.

Reemplazar la suerte por la coherencia

No cabe duda que la actuación del gobierno en el rescate de los mineros de San José, les devolvió el alma al cuerpo a sus partidarios. Una serie de desinteligencias y la baja continua en las encuestas venía mermando la autoconfianza.

Ahora, el estado de ánimo cambia drásticamente. Sumando esto al crecimiento económico, la llegada de septiembre con la celebración del Bicentenario y el despliegue de iniciativas parlamentarias y de políticas públicas, parecen augurar un segundo semestre de la gestión Piñera bastante más prometedor.

Sin embargo, no todas las señales son buenas. El uso drástico de la fuerza policial para evitar la amplificación de los conflictos sociales, está siendo utilizado al límite y amenaza con caer en excesos. El manejo de la huelga de hambre de los comuneros mapuches ha sufrido oscilaciones frecuentes. La zona más afectada por el terremoto y el maremoto, no es precisamente un oasis de tranquilidad. El caso Barrancones mostró una capacidad de movilización ciudadana de inusitada presencia callejera, coordinada en un tiempo muy breve.

Aun cuando nadie dudaba que las primeras encuestas después del encuentro con vida de los mineros constatarían un repunte de popularidad del gobierno y del Presidente, son pocos los que tienen la convicción de que esto marque un definitivo cambio de tendencia.

Para que ello ocurra, se requiere mucho más que jugarse por mantener la suerte del apostador empedernido y compulsivo. Tampoco se puede sostener un gobierno en base a la tendencia medida en encuestas porque, al oscilar las preferencias medidas por los estudios de opinión, oscilarían también las políticas públicas y eso sería un desastre.

Según el senador oficialista Jovino Novoa, el gobierno ya ha alcanzado la madurez. Alternativamente, Patricio Aylwin ha realizo una evaluación sucinta de la gestión Piñera al decir que “hasta aquí vamos bien, pero hasta aquí son más palabras que hechos, vamos a ver los hechos”.

Bien puede ser que la verdad se encuentre a mitad de camino de estas dos afirmaciones, es decir que la actual administración ya está mostrando su perfil y estilo característicos y que estos son, ni más ni menos que aquello que ya hemos visto. Y lo que hemos visto es un predominio de la retórica por sobre el respaldo en hechos y concreciones.

Sin embargo, no todo lo que ocurra dependerá de lo que haga el oficialismo. También la Concertación ha renovado sus equipos directivos. También a la oposición le toca consolidar estilo y un perfil. En las próximas semanas, sabremos a qué atenernos.